El legado del PRD y las red flags que Morena debe considerar

Los éxitos también representan una oportunidad para identificar las fortalezas y peligros posibles, o red flags, como a menudo se dice en redes sociales en sinónimo de alerta. El partido Morena reafirmó ser la principal fuerza política luego del 2 de junio y, a la par, se extinguió el registro nacional del grupo donde se formaron sus principales liderazgos, el PRD. Un paralelismo en sentido contrario que bien valdría la pena contrastar. 

De los votos del 2 de junio, 55 millones 976 mil 881, el partido Movimiento de Regeneración Nacional obtuvo el 45.27 por ciento, más de 25 millones. Al mismo tiempo, el Partido de la Revolución Democrática recibió solo el 1.92 por ciento, lo que equivale a poco más de un millón de los sufragios. 

Morena y sus aliados, así como la virtual presidenta electa, Claudia Sheinbaum, obtuvieron el respaldo casi de todos los extractos sociales. Sin embargo, de acuerdo con la encuesta de salida de Mitosfky, la mayor parte de sus votantes estuvo entre quienes reciben programas sociales, tienen escolaridad media entre primaria y preparatoria, viven en el sector rural y tienen un nivel socioeconómico  bajo-medio. 

Cabe entonces la reflexión que enero de 2023 dijo el presidente López Obrador sobre que “ayudar a los pobres no es un asunto personal, sino de estrategia política” porque uno “va a la segura”, es decir, se cuenta con el apoyo de ellos ante cualquier intento de desestabilización. 

Por otra parte, el INE notificó al PRD que, conforme al artículo 94 de la Ley General de Partidos Políticos, ha entrado “en el supuesto de pérdida de su registro” al no alcanzar el 3 por ciento de la votación válida en alguna de las tres elecciones federales. 

Es cuestión de días para que el Tribunal Electoral confirme la declaración de pérdida de registro pese a que el líder nacional de dicho partido, Jesús Zambrano, mantenga viva la última “rendija jurídica”. Él mismo reconoció que el ciclo de ‘El Sol Azteca’ se agotó luego de 35 años. 

Dentro de la poca autocrítica que siempre mantuvo, al final del camino y con miras a una refundación o creación de otro grupo político, Zambrano afirmó que los resultados adversos les afectaron más “debido a nuestras debilidades estructurales”, porque no tomaron a tiempo decisiones “radicales” y cedieron a “presiones internas”. En resumen, “¡ya no existe más el PRD!”. 

Zambrano reconoció que no pudieron hacer suya a la candidata opositora y que nunca hubo una estrategia entre partidos y sociedad civil. Se quejó también de que el ‘cuarto de guerra’ funcionó sin los líderes partidistas, aunque más bien parecía que su voz era la única no era contemplada por los ególatras de Alejandro Moreno y Marko Cortés, pues hasta este último le gritoneaba a Xóchitl Gálvez, según reveló la propia excandidata. 

Permite comprender mejor la debacle del PRD y las red flags que debe tener en cuenta Morena como partido de izquierda, hoy en gobierno y dominante en el Poder Legislativo, que Cuauhtémoc Cárdenas en 2014 ya había advertido sobre los errores del grupo político que aglutinó las corrientes progresistas en 1988. 

En su discurso por el 25 aniversario del PRD, Cárdenas dijo que se habían alejado de los propósitos originales, “un partido en el que circulen las ideas y receptivo a la crítica, una organización en la que no existan estructuras y aparatos más allá de los previstos…Que se maneje internamente con una democracia transparente”. 

Quedará el PRD en la historia política de México como un partido que cumplió su propósito y que mostró cómo no debe conducirse una agrupación de izquierda, a menos que quiera perder su registro 35 años después. 

Morena, quien recibió y mantuvo vigentes a la gran mayoría de liderazgos perredistas, deberá tener presente la lección y no perder de vista a sus votantes y fortalezas. Como dice AMLO, el pueblo es sabio y si se siente representado actuará en consecuencia, pero que no se caiga en el riesgoso camino de la falta de autocrítica; ignorar las necesidades de sus votantes; cegarse por el triunfalismo; o confiar en representantes oportunistas, mejor conocidos como chapulines, que, por su indefinición, no conecten con la sociedad.

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