El género musical del narcocorrido acumula millones de reproducciones y polémicas en plataformas. Entre mercado digital y apología, el género exhibe cifras millonarias y revive el dilema sobre libertad artística y responsabilidad social.
La llamada “narco-música”, proviene del corrido revolucionario de inicios del siglo XX, transformándose durante la década de 1930 hasta convertirse en una narrativa musical centrada en el comercio ilegal y posteriormente en el narcotráfico. Lo que nació como relato de movimientos militares, hoy cuenta historias de capos, rutas, armas largas, camionetas de lujo y marcas de alcohol. ¿En qué punto el relato se transformó en espacio del poder criminal?
Durante la Revolución Mexicana se relataban batallas, caudillos y traiciones; más adelante, en las regiones fronterizas, comenzó a documentarse el tráfico de alcohol y mercancías ilegales hacia Estados Unidos.
Con el auge del narcotráfico en los años setenta y ochenta, esas historias dieron un giro hacia nombres concretos, territorios específicos como Sinaloa, Chihuahua o Tamaulipas, y organizaciones que empezaban a consolidarse.
La década de 1990 marcó un cambio con la expansión de los cárteles y la evolución del negocio ilícito, los narcocorridos dejaron de circular sólo en casetes locales para llegar a estaciones de radio, bailes masivos y, posteriormente, a plataformas digitales.
El relato ya no era únicamente testimonial, comenzaron a incorporarse códigos internos, un discurso de guerra y referencias directas a fusiles, camionetas blindadas o aeronaves privadas.
La evolución llevó a las plataformas digitales de música temas dedicados a los líderes más peligrosos de México, con canciones como “El MZ”, de Los Tucanes de Tijuana, superando las 49 millones de reproducciones en Spotify, “El Güero Palma”, del mismo grupo, rebasa los 21 millones, mientras que “JGL”, de Luis R. Conríquez, acumula más de 4.5 millones.
Las cifras no sólo reflejan consumo musical, sino que revelan la normalización de relatos que giran en torno a estructuras como el Cártel de Sinaloa o el Cártel Jalisco Nueva Generación, convertidas en referentes simbólicos dentro y fuera del país.
Los nombres propios se repiten como el de Joaquín “El Chapo” Guzmán siendo el personaje con más corridos dedicados, elogiando sus fugas y liderazgo, también se encuentra Ismael “El Mayo” Zambada quien fue retratado durante décadas como estratega silencioso, Amado Carrillo Fuentes se convirtió en mito por su flota aérea y Rafael Caro Quintero permanece como símbolo de una generación anterior. Las canciones que refieren a biografías no autorizadas que al repetirse consolidan una épica paralela.
La evolución sonora dio paso a los llamados corridos “verdes” (aludiendo a la marihuana) y a los “tumbados”, una mezcla de regional mexicano con trap y hip hop. Artistas como Peso Pluma impulsaron este subgénero hacia audiencias internacionales, llevándolo a escenarios masivos en Estados Unidos. La estética cambió, pero la narrativa de poder, lealtad y lujo permaneció intacta.
La controversia escala cuando durante los conciertos proyectan imágenes de líderes criminales y el público responde con ovaciones; tal es el caso de El corrido “El Dueño del Palenque”, interpretado por Los Alegres del Barranco, ha sido señalado por aludir a Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”.
En algunos estados se han impulsado restricciones para evitar su difusión en eventos públicos, mientras que en Colombia el término “corridos prohibidos” alude a su censura parcial.
Más allá de la polémica, los narcocorridos operan como testimonio de una violencia que ha dejado miles de muertes en México, mencionando territorios, disputas así como jerarquías, aunque también romantizan la figura del “bandido-héroe”. Paralelamente reflejan una realidad marcada por desigualdad, falta de oportunidades y economías paralelas.
Los Narco-corridos, cuestionan a la industria musical, a las plataformas digitales y a una audiencia que consume millones de reproducciones cada mes, por lo que ¿puede la música narrar la dureza del narcotráfico sin convertirla en aspiración estética? La historia de los narco-corridos demuestra que la cultura popular no sólo refleja su tiempo si no que también lo transforma.



