En cuestión de horas, Venezuela pasó de ser una crisis prolongada y aparentemente inmóvil a convertirse en el epicentro de una sacudida internacional. La captura de Nicolás Maduro por una operación directa del gobierno de Estados Unidos rompió un equilibrio precario que llevaba años sosteniéndose entre sanciones, aislamiento, retórica y desgaste interno. No fue una transición negociada, ni una revuelta interna, ni una decisión multilateral. Fue un acto abrupto que desordenó el tablero, aceleró los tiempos y colocó a millones de personas frente a una avalancha de versiones, juicios inmediatos y exigencias de tomar partido. Mientras los titulares hablaban de invasión o liberación, de justicia o saqueo, en casas, trabajos y sobremesas se repetía una sensación común: nadie tenía del todo claro qué pensar.
La primera pregunta apareció casi de inmediato. ¿Esto fue bueno o malo?
La respuesta honesta es que no cabe en una sola palabra. Para una parte importante de la población venezolana, el régimen que cayó había cerrado todas las salidas internas: elecciones sin credibilidad, instituciones erosionadas y una crisis social que expulsó a millones. Desde ahí, el fin de ese poder se siente como un alivio. Pero al mismo tiempo, la forma en que ocurrió introduce una grieta inquietante. Las reglas que existen para proteger a los países más débiles fueron quebradas por una potencia que decidió actuar por fuera de los mecanismos tradicionales. El hecho puede aliviar y preocupar al mismo tiempo. Ambas cosas pueden ser ciertas sin anularse.
Luego vino la siguiente duda. ¿Estados Unidos hizo lo correcto?
Planteada así, la pregunta exige una respuesta moral que la política internacional rara vez ofrece. Estados Unidos no actúa como héroe ni como villano de película. Actúa como potencia. Las potencias intervienen cuando consideran que el costo de no hacerlo es mayor que el de actuar. En este caso, el colapso venezolano ya generaba efectos regionales reales: migración, economías ilícitas, presión sobre mercados y una inestabilidad que dejó de ser manejable con sanciones y discursos. Comprender esa lógica no equivale a justificarla, pero sí evita caer en lecturas ingenuas.
La sospecha siguiente fue inevitable. ¿Lo hizo por ayudar o por petróleo?
La respuesta tampoco es binaria. Venezuela es estratégica por sus recursos energéticos y eso nunca es irrelevante. Negarlo sería ingenuo. Pero reducir todo al petróleo es igual de simplista. Durante años, esos recursos estuvieron ahí sin ser plenamente aprovechables por sanciones, deterioro e incapacidad operativa. El verdadero interés no está solo en el recurso, sino en lo que viene después: quién decide cómo se reconstruye el país, bajo qué reglas, con qué controles y con qué nivel de autonomía real. El petróleo no explica todo, pero atraviesa todo.
Conforme bajó el ruido inicial, apareció la pregunta más importante. ¿Qué va a pasar ahora, en serio?
En el corto plazo, lo urgente es evitar el vacío. Mantener servicios básicos, algo de seguridad y una mínima continuidad administrativa. En el mediano plazo, se abrirá la disputa real: si habrá una transición democrática profunda o solo un reacomodo del poder con nuevos rostros y viejas estructuras. En el largo plazo, la pregunta será más dura: si Venezuela logra reconstruir instituciones propias o entra en una nueva forma de dependencia, ahora con respaldo externo. Nada de esto es automático. Ninguna captura sustituye la tarea de reconstruir un Estado.
Entonces surge otra inquietud, cargada de memoria. ¿Esto ya lo ha hecho antes Estados Unidos?
Sí. Y América Latina lo sabe. Por eso la región reaccionó con cautela. No por ideología, sino por experiencia. Las intervenciones suelen prometer soluciones rápidas, pero dejan consecuencias largas. La historia regional está llena de episodios donde la excepción se volvió regla y el costo lo pagaron las sociedades locales, no quienes tomaron la decisión.
Así, la historia vuelve al punto de partida. Venezuela no es solo un país en transición. Es un espejo incómodo de un mundo que está probando límites sin consenso claro. El fin de un régimen no garantiza el inicio de un orden justo. Romper una regla puede parecer necesario en el momento, pero nunca es neutral para el futuro. Entre la soberanía que falló y el rescate que irrumpe, el sistema internacional avanza sin certezas compartidas. Por eso, más que celebrar o condenar de inmediato, este episodio exige algo menos espectacular y más urgente: comprender que lo ocurrido no solo redefine el destino de Venezuela, sino que anticipa las reglas bajo las cuales muchas otras naciones podrían verse juzgadas mañana. Y esa historia apenas comienza.
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