Etiqueta: opinión

  • Seamos libres, aniquilemos la libertad

    Seamos libres, aniquilemos la libertad

    La derecha latinoamericana sigue cosechando triunfos, el más reciente, la captura de Nicolás Maduro. Y no es que hayan conseguido doblegar la voluntad del gobierno trumpista para satisfacer sus más perversos fetiches, sino que ha sabido doblegar sus más perversos fetiches para que coincidan con los intereses del gobierno de Estados Unidos de América, aquello que las buenas conciencias llaman “ruptura del derecho internacional” y “violación de la soberanía venezolana”, no es más que la labor altruista de un imperio para establecer los límites claros de su área de influencia, de su área de injerencia: América para los americanos, y los americanos para America… sin rusos ni chinos metiendo las narices en un continente que ya tiene dueño. 

    Sin lugar a dudas, no faltarán quienes denuncien la apropiación de recursos naturales y la invasión como si fuera algo condenable, quienes vean la extracción de Maduro y la toma de control de Venezuela como un simple golpe en la mesa para decir “aquí mando yo”, y no como un acto de honestidad brutal y desgarradora que liberará al pueblo latinoamericano del ridículo juego de salir a la calle para manifestar la voluntad popular en las urnas, ¿para qué? Si la voluntad popular debe de estar por debajo de la voluntad imperial, de la voluntad del mercado, ahorremos tiempo, recursos e ilusiones y dejemos que sea el mercado quien ponga y quite representantes imperiales.  

    La ventaja de esto es tan deslumbrante que oscurece el panorama, no sólo termina con la angustia que conlleva asumirse como ciudadano de cara al Leviatán estatal. No. También erradica la condena de ser libres, nos emancipa de arrastrar las pesadas cadenas de estar obligados a elegir, de ser responsables de nuestras vidas y acciones. La maldición del siervo liberado se conjura restaurando la servidumbre, el vasallaje, abrazando un capitalismo feudal donde todos somos súbditos del capataz en turno en el gobierno del imperio. Ya no hará falta preocuparse por el mañana, por forjar un destino, la suerte está echada y nadie puede negarlo, depositemos libremente nuestro destino en manos de quien acabará con nuestra libertad.

    Entrados en gastos

    Los patriotas latinoamericanos de derecha no quitarán el dedo del renglón para que las fuerzas armadas de EE.UU. hagan en México, Brasil, Colombia, Bolivia y en cualquier otro rincón de la región, lo mismo que hicieron en Venezuela, sacrificar a unos cuantos para liberarlos de ellos mismos, apoderarse de sus recursos naturales en aras de garantizar la satisfacción de los intereses del gran capital. Nada de ello es necesario, el mensaje fue claro, quien quiera seguir siendo libre, debe renunciar a su libertad, quien quiera conservar su soberanía, debe postrarse soberanamente cuando el soberano lo exija. No hay más.

    •  Carlos Bortoni es escritor. Su última novela es Historia mínima del desempleo.
  • Soberanía bajo ataque

    Soberanía bajo ataque

    La intervención militar realizada por Estados Unidos en Venezuela el 3 de enero representa uno de los episodios más delicados de la política internacional reciente. Se trató de una acción armada directa en territorio soberano, ejecutada sin autorización del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, lo que reavivó el debate sobre la legalidad del uso de la fuerza y la fragilidad del orden internacional contemporáneo.

    Desde el punto de vista jurídico, la operación contraviene el Artículo 2(4) de la Carta de la ONU, que prohíbe expresamente el uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de los Estados. Este principio constituye uno de los pilares del sistema internacional posterior a 1945 y su vulneración no solo afecta al país intervenido, sino que debilita el marco normativo destinado a contener el ejercicio arbitrario del poder militar. La ausencia de una amenaza inmediata y verificable refuerza la percepción de una acción unilateral al margen del derecho internacional.

    El precedente que se establece resulta particularmente preocupante. La normalización de intervenciones militares sin aval multilateral erosiona el sistema basado en normas y fortalece una lógica de poder en la que la fuerza sustituye al derecho. En este contexto, los Estados con menor capacidad militar quedan expuestos a decisiones externas que redefinen su destino político sin mecanismos efectivos de protección internacional.

    A esta dimensión jurídica se suma una dimensión humanitaria ineludible. El uso de bombardeos y operaciones militares en zonas urbanas implica riesgos elevados para la población civil. La experiencia en conflictos recientes demuestra que incluso las denominadas operaciones de precisión generan daños colaterales: pérdida de vidas civiles, destrucción de infraestructura crítica e interrupción de servicios básicos. En Venezuela, estos efectos se superponen a una crisis económica y social prolongada, profundizando la vulnerabilidad de amplios sectores de la población.

    Más allá de los análisis estratégicos, el impacto humano es central. Las explosiones alteran la vida cotidiana, generan miedo e incertidumbre y dejan secuelas sociales difíciles de revertir. La guerra no se vive en abstracto, sino en barrios, hogares y comunidades concretas.

    Las implicaciones regionales también son significativas. Para América Latina, una región históricamente marcada por intervenciones externas, lo ocurrido reactiva preocupaciones sobre la vigencia real de la soberanía y la no intervención. En suma, el episodio del 3 de enero no es un hecho aislado, sino una señal de alerta sobre el debilitamiento del multilateralismo y de las normas que limitan el uso de la fuerza, con costos profundamente humanos.

  • La soberbia frente al espejo

    La soberbia frente al espejo

    Nuestro movimiento es el más fuerte del mundo por tres razones fundamentales: hay unidad interna, contamos con el respaldo del pueblo y porque tenemos a los dos mejores ejemplos: la presidenta Claudia Sheinbaum y Andrés Manuel López Obrador”; eso afirma Luisa María Alcalde y su declaración no sólo me parece un exceso retórico, sino que además exhibe uno de los principales problemas por los que atraviesa MORENA, es decir, la soberbia toda vez que, a mi parecer, confunde la innegable hegemonía electoral con la fortaleza política real. Alcalde, desde su presidencia parece asumir que el poder alcanzado en las urnas es permanente, incuestionable y, sobre todo, autosuficiente.

    Es cierto, existe un respaldo popular amplio, pero conviene decirlo con honestidad, se trata de un apoyo dirigido principalmente a figuras concretas, pero no al partido como institución. Si partiéramos de la honestidad, tanto el liderazgo histórico de Andrés Manuel López Obrador como el respaldo actual a Claudia Sheinbaum explican mucho más el apoyo social que la vida interna del Movimiento Regeneración Nacional como partido. Por eso creo que confundir el liderazgo carismático y los resultados inobjetables en el ejercicio de gobierno con la solidez partidaria no es más que un error nacido de la autosuficiencia.

    Por otra parte, hablar de una supuesta unidad interna en Morena es desconocer, incluso de negar deliberadamente una realidad pues ese partido (por más que se niegue) vive tensiones profundas entre grupos o corrientes, así como liderazgos locales que han desplazado a la militancia de base, en muchos casos, permitidos desde la dirigencia anterior. No se explica cómo Luisa Alcalde pretende negar que la lógica de facciones ha sustituido al debate político y al trabajo orgánico cuando está a la vista de todos. Por eso creo que la soberbia acompaña los dichos de la presidenta morenista y lo refleja con toda claridad pues su dirigencia quiere hacer ver que los destinos del movimiento poseen una cohesión consumada cuando en realidad el distanciamiento con las bases es cada vez más evidente. Probablemente el escuchar a las bases le haría bien al partido. Aquí cabe hacer un paréntesis obligado: Morena no es el movimiento, sino una expresión (la más fuerte sí) de éste, habría que recordar que el movimiento de transformación se construyó con pueblos, estudiantes, sindicatos, organizaciones sociales, colectivos y ciudadanos que no necesariamente militan en el partido y que hoy, en muchos casos, no son escuchados por la dirigencia en ninguno de sus niveles. Siendo así, otro error es creer que el partido, peor aún, su dirigencia, pueden hablar en nombre de todos sin abrir espacios de deliberación, lo que no es más que otro rasgo de esa soberbia política que termina por clausurar la crítica y el disenso y que a la postre daña cualquier movimiento.

    La autocrítica debería comenzar a convertirse en un ejercicio partidista pues el viraje hacia el pragmatismo electoral profundiza todos los problemas, así que hay que señalar con claridad que, desde la etapa en que la dirigencia optó por repartir candidaturas sin filtros ideológicos (como ocurrió con perfiles ajenos o contradictorios al proyecto tipo Pedro Haces), se envió el mensaje de que los cargos importan más que el proyecto dejando de lado la construcción colectiva de sentido. Luego entonces, MORENA debería comprender que el ejercicio de gobierno no es un mérito partidista exclusivo, pues asumirlo así es vaciar de contenido político al movimiento y abandonar su razón de ser.

    Ojalá la soberbia que hoy acompaña los dichos de Luisa María Alcalde no le impida ver las grietas evidentes; Morena no necesita proclamarse el más fuerte del mundo, todo lo contrario, necesita reconocerse vulnerable, escuchar, corregir y volver a las bases que le dieron origen pues ningún partido se debilita tanto como aquel que cree que ya no necesita mirarse críticamente.

    • Luis Tovar
      Secretario General de la Fundación para la Defensa del Medio Ambiente. FUDEMAH

  • Venezuela no es una excepción, es el mensaje

    Venezuela no es una excepción, es el mensaje

    La intervención de Estados Unidos en Venezuela bajo el gobierno de Donald Trump no fue un acto de “liberación”, ni una cruzada ideológica contra la izquierda, fue como tantas otras veces en la historia de Estados Unidos una operación al margen de los pueblos y del derecho internacional. Fue una operación de control con varios objetivos y un solo beneficiario, el poder hegemónico.

    El bombardeo en Caracas, los ataques a lanchas, la narrativa del narcotráfico y las drogas son pretextos, etiquetas útiles para criminalizar a un país, justificar acciones ilegales y convertir una intervención en “operativo de seguridad”.

    Bloqueos, amenazas, bombardeos y operaciones encubiertas no son gestos humanitarios, son actos de fuerza que violan la soberanía de un país y normaliza que las potencias decidan quién gobierna y quién no. El derecho internacional, una vez más, fue pisoteado sin consecuencias reales.

    Muchos festejan las arbitrariedades de Trump, les da gusto el secuestro de Maduro, les digo que esto no los hace demócratas, ni patriotas, ni defensores de la libertad, los convierte en cómplices de una lógica imperial que no distingue colores políticos, solo intereses, porque cuando se trata de control, la ideología es lo primero que se sacrifica.

    Que Trump no nos venda cuentos cuando nosotros sabemos de historias, no es apoyo al pueblo venezolano, el guion es viejo, presión económica, asfixia financiera, amenaza constante y luego “negociación” bajo bombardeos.

    Lo sabemos, no es solo el petróleo, es una pieza clave no se pone en duda pero no es el tablero completo, es control financiero, territorial, geopolítico y simbólico, es demostrar que ningún país que se salga del guion establecido puede hacerlo sin pagar un precio muy alto. Es enviar un mensaje a toda América Latina, te digo Juan para que entiendas Pedro.

    Quien esté pensando que Estados Unidos busca justicia, democracia, o reparación histórica, o terminar con el narcotráfico no ha entendido cómo funciona el poder. El libreto es conocido, si no te pueden llamar dictadura, te llaman narcoestado, si no te pueden invadir, te asfixian, si no pueden justificar la guerra, la fragmentan en “incidentes”.

    Así se hizo en Chile, cuando la economía fue estrangulada antes del golpe. Así se hizo en Irak, con el cuento de las armas inexistentes que dejó un país destruido, así se hizo en Libia, donde derrocaron al gobierno y entregaron el país al caos permanente. El patrón se repite, primero control, luego fragmentación, después silencio. La soberanía es la primera víctima.

    Esto no va de derechas ni de izquierdas, esa “discusión” es para distraer, el verdadero juego se mueve entre élites que se reparten territorios, recursos y silencios, mientras el derecho internacional se arroja al basurero. ¡Ojo! Esto no es una excepción. Es un ensayo general.

    Les mando un abrazo fraterno

  • Detener a la derecha

    Detener a la derecha

    El mundo coincide con la idea de que se detengan las locuras de Trump, México no es la excepción, pero habrá que barrer de adentro hacia afuera y lo primero que debe detenerse es a la derecha mexicana que construye las pistas de aterrizaje para que los helicópteros y aviones estadounidenses invadan Palacio Nacional, o, por lo menos eso parece decir el discurso panista.

    Ante esta aparente victoria del fascismo mexicano seguramente concentrarán los esfuerzos en la revocación de mandato.

    Por un lado, organizarán desgastes contra la Presidenta, desde dentro y fuera del país, y tratarán de imponer la revocación de mandato en los estados, para desgastar a los gobernadores y gobernadoras de Morena. Desde luego, con la ayuda de los medios convencionales, ya casi sin credibilidad ni público.

    Los resultados de la revocación podrían deshacer a la oposición y hacerla añicos o bien fortalecerla y buscar la unidad electoral entre partidos.

    Un derecho ciudadano se convertiría en una trinchera de la derecha. Una esperanza para la oposición y una obligada definición de la población que en este momento no encuentra la manera de expresar su inconformidad de forma organizada y visible.

    Es decir, la revocación de mandato será un campo de batalla en el que tararán de incidir los conservadores, la derecha y los inconformes inconexos. La revocación de mandato unirá al descontento más que cualquier coalición electoral.

    Latinoamérica tiene estatuas de sus héroes que vivieron entre la valentía y el suicidio. Ser víctima del poderoso coloca a Nicolás Maduro en un nivel de iguales, ser su enemigo, lo muestra como alguien que infunde miedo al agresor. Mientras mayor sea el castigo a Maduro más crecerá su figura.

    Trump escogió un país con líder. Mientras la popularidad de Trump al interior de Estados Unidos no llega ni al 30 por ciento. En Venezuela la asonada convirtió a Maduro en un caudillo de la autonomía y en Latinoamérica, en un libertador.

    La oposición en Venezuela se hunde con la ayuda de Trump, quien no sería la prime a vez que se extravía en su improvisado proyecto de nación. La oposición en los países con gobierno progresista de América Latina ha dejado de ser confiable. Su visión del mundo es transmitida a través de medios sin credibilidad y figuras deterioradas por montajes y mentiras.

    Ni los viejos aliados de la derecha pueden fiarse de un grupo de personas que terminan por creer sus mentiras en medio de una guerra donde está de por medio la sobrevivencia del poderío de Estados Unidos.

    Trump no optó ni por las multitudes en el exilio, ni en la Nobel de la Paz, ni en las expresiones de júbilo de la derecha dentro de ese país.

    En esta sustracción de Maduro, se comprobó que los mismos que subsidiaron la mentira en el continente, no pueden creer en la información, porque su percepción de la realidad es solo propaganda.

    Los medios de información convencionales, en manos de la derecha, carecen de credibilidad para la propia derecha en México, en Venezuela y el mundo. Esa es una esperanza que anuncia una nueva democracia.

  • Venezuela: más preguntas que banderas

    Venezuela: más preguntas que banderas

    En cuestión de horas, Venezuela pasó de ser una crisis prolongada y aparentemente inmóvil a convertirse en el epicentro de una sacudida internacional. La captura de Nicolás Maduro por una operación directa del gobierno de Estados Unidos rompió un equilibrio precario que llevaba años sosteniéndose entre sanciones, aislamiento, retórica y desgaste interno. No fue una transición negociada, ni una revuelta interna, ni una decisión multilateral. Fue un acto abrupto que desordenó el tablero, aceleró los tiempos y colocó a millones de personas frente a una avalancha de versiones, juicios inmediatos y exigencias de tomar partido. Mientras los titulares hablaban de invasión o liberación, de justicia o saqueo, en casas, trabajos y sobremesas se repetía una sensación común: nadie tenía del todo claro qué pensar.

    La primera pregunta apareció casi de inmediato. ¿Esto fue bueno o malo?

    La respuesta honesta es que no cabe en una sola palabra. Para una parte importante de la población venezolana, el régimen que cayó había cerrado todas las salidas internas: elecciones sin credibilidad, instituciones erosionadas y una crisis social que expulsó a millones. Desde ahí, el fin de ese poder se siente como un alivio. Pero al mismo tiempo, la forma en que ocurrió introduce una grieta inquietante. Las reglas que existen para proteger a los países más débiles fueron quebradas por una potencia que decidió actuar por fuera de los mecanismos tradicionales. El hecho puede aliviar y preocupar al mismo tiempo. Ambas cosas pueden ser ciertas sin anularse.

    Luego vino la siguiente duda. ¿Estados Unidos hizo lo correcto?

    Planteada así, la pregunta exige una respuesta moral que la política internacional rara vez ofrece. Estados Unidos no actúa como héroe ni como villano de película. Actúa como potencia. Las potencias intervienen cuando consideran que el costo de no hacerlo es mayor que el de actuar. En este caso, el colapso venezolano ya generaba efectos regionales reales: migración, economías ilícitas, presión sobre mercados y una inestabilidad que dejó de ser manejable con sanciones y discursos. Comprender esa lógica no equivale a justificarla, pero sí evita caer en lecturas ingenuas.

    La sospecha siguiente fue inevitable. ¿Lo hizo por ayudar o por petróleo?

    La respuesta tampoco es binaria. Venezuela es estratégica por sus recursos energéticos y eso nunca es irrelevante. Negarlo sería ingenuo. Pero reducir todo al petróleo es igual de simplista. Durante años, esos recursos estuvieron ahí sin ser plenamente aprovechables por sanciones, deterioro e incapacidad operativa. El verdadero interés no está solo en el recurso, sino en lo que viene después: quién decide cómo se reconstruye el país, bajo qué reglas, con qué controles y con qué nivel de autonomía real. El petróleo no explica todo, pero atraviesa todo.

    Conforme bajó el ruido inicial, apareció la pregunta más importante. ¿Qué va a pasar ahora, en serio?

    En el corto plazo, lo urgente es evitar el vacío. Mantener servicios básicos, algo de seguridad y una mínima continuidad administrativa. En el mediano plazo, se abrirá la disputa real: si habrá una transición democrática profunda o solo un reacomodo del poder con nuevos rostros y viejas estructuras. En el largo plazo, la pregunta será más dura: si Venezuela logra reconstruir instituciones propias o entra en una nueva forma de dependencia, ahora con respaldo externo. Nada de esto es automático. Ninguna captura sustituye la tarea de reconstruir un Estado.

    Entonces surge otra inquietud, cargada de memoria. ¿Esto ya lo ha hecho antes Estados Unidos?

    Sí. Y América Latina lo sabe. Por eso la región reaccionó con cautela. No por ideología, sino por experiencia. Las intervenciones suelen prometer soluciones rápidas, pero dejan consecuencias largas. La historia regional está llena de episodios donde la excepción se volvió regla y el costo lo pagaron las sociedades locales, no quienes tomaron la decisión.

    Así, la historia vuelve al punto de partida. Venezuela no es solo un país en transición. Es un espejo incómodo de un mundo que está probando límites sin consenso claro. El fin de un régimen no garantiza el inicio de un orden justo. Romper una regla puede parecer necesario en el momento, pero nunca es neutral para el futuro. Entre la soberanía que falló y el rescate que irrumpe, el sistema internacional avanza sin certezas compartidas. Por eso, más que celebrar o condenar de inmediato, este episodio exige algo menos espectacular y más urgente: comprender que lo ocurrido no solo redefine el destino de Venezuela, sino que anticipa las reglas bajo las cuales muchas otras naciones podrían verse juzgadas mañana. Y esa historia apenas comienza.

  • No es increíble

    No es increíble

    El 4 de enero de 2026, un día después del secuestro en Caracas de Nicolás Maduro y su esposa, tres días antes de que el ejército norteamericano invadiera Nuuk, capital de Groenlandia, y tres días antes de que los marines gringos tomaran por asalto Palacio Nacional, aquí en la Ciudad de México, la presidenta Claudia Sheinbaum estuvo en la Refinería “Miguel Hidalgo”. ¿Se entiende? Quizá así:

    El 2 de enero de 2026, Qiu Xiaoqi, representante de China para Latinoamérica y el Caribe, realizó una visita a Venezuela y entabló un diálogo con el presidente Maduro, quien quizá esa noche se fue a dormir tranquilamente. Durante la madrugada del día 3, a las 2:00 a.m., el presidente venezolano fue capturado ilegalmente por militares estadounidenses en Caracas. La operación, ordenada por Trump, fue denominada Absolute Resolve, Resolución Absoluta, un nombre que tendría que recordarnos el nombre que le dieron los nazis a su plan de exterminio sistemático de la población judía: Solución Final. La operación yanqui en Caracas incluyó bombardeos y ataques aéreos que mataron a casi cien venezolanos, buena parte de ellos civiles. Horas después, Trump declaró: “Después de esto que hicimos anoche, podemos hacerlo de nuevo. Nadie puede detenernos”.

    Tres días después, durante las primeras horas del 7 de enero, unidades de élite del Comando Norte de Estados Unidos, con apoyo aéreo y naval, tomaron el control de Nuuk y aseguraron los puntos estratégicos de Groenlandia. El asalto se desarrolló sin una declaración de guerra y encontró una resistencia heroica pero inútil por parte de las reducidas fuerzas locales. Fuentes del Pentágono justifican la acción como “una medida de seguridad nacional”. El gobierno danés ha convocado una sesión de emergencia de la OTAN, calificando el acto como “una-violación-flagrante-de-la-soberanía-de-Dinamarca-y-del-derecho-internacional”. 

    Ahora, el despacho de la agencia AF acerca de lo sucedido en México, ese mismo día…: CDMX/Palenque, Chiapas, 7 de enero de 2026. En una acción bélica de gran escala, fuerzas estadounidenses ejecutaron dos operaciones simultáneas en México en las horas previas al nuevo día. En la CDMX, un intenso bombardeo redujo a escombros todas las instalaciones militares, incluido el aeropuerto militar de Santa Lucía, dejando la capital mexicana totalmente indefensa. Las bombas devastaron calles, comercios, infraestructura urbana. Hay más de mil muertos. Imágenes satelitales muestran enormes áreas afectadas. Minutos después, un escuadrón de helicópteros Apache y Black Hawk aterrizó en el Zócalo. Cientos de marines aniquilaron a un grupo de militares mexicanos, así como a un contingente de policías y civiles armados que intentaron defender el corazón del país con armas ligeras e, incluso, con piedras. Fue una masacre. Comandos estadounidenses ingresaron a Palacio Nacional, donde capturaron a la presidenta Sheinbaum, quien fue transportada a bordo de un V-22 Osprey a Nueva York, donde se le presentarán cargos por narcotráfico y complicidad con el gobierno de Venezuela. Casi simultáneamente, en Palenque, Chiapas, otro grupo de élite aterrizó en las afueras del poblado y asaltó el rancho “La Chingada”, en donde radicaba el expresidente López Obrador. La operación fracasó: el objetivo, es decir, el líder más importante del llamado humanismo mexicano, no se encontraba en el lugar. La desaparición del expresidente y el secuestro de la jefa de Estado sumen a México en un vacío de poder. La Casa Blanca justificó las acciones señalando que el depuesto gobierno mexicano se negaba a devolver los recursos petroleros “robados a Estados EU e Inglaterra en 1938 por el zurdo Lázaro Cárdenas”. Trump posteó en su red: “AMLO, entrégate. Tampoco te mando un abrazo. Ja, ja”.

    Resulta significativo que un día después del ataque a Caracas y dos días antes de que fuera secuestrada por los norteamericanos, la presidenta Sheinbaum haya encabezado una visita a la refinería de Tula. Durante el evento, la mandataria reseñó cómo los gobiernos de la 4T lograron revertir la destrucción de Pemex. Habló de los cambios legales que permitieron la recuperación de la capacidad de producción de Pemex. Destacó que las ocho refinerías mexicanas producen ya más de un millón de barriles diarios de petrolíferos, y subrayó su importancia en términos de soberanía. 

    China, Rusia y la UE emitieron sendos comunicados alusivos a la invasión de Groenlandia y al ataque a México, externando su preocupación por la “violación-flagrante-al-derecho-internacional”. La ONU y la OEA también se pronunciaron y se dijeron “profundamente-alarmadas”.

    En cuanto a la situación en México, la cuenta en X de a la periodista Carmen Aristegui posteó una fotografía en la que se observa a la presidenta Sheinbaum momentos antes de ser apresada por las fuerzas norteamericanas: “¿No podría haberse vestido con algo más apropiado para la ocasión?” El líder panista Ricardo Anaya celebró la intervención yanqui y aseguró que el futuro es promisorio porque en México hay mucho petróleo. El líder del PRI celebró el fin del “narcogobierno morenista” y sugirió a Trump “pegarle sus chingadazos” a todos los zurdos. La senadora Téllez, en inglés, en entrevista con Azteca, se declaró lista para asumir el gobierno provisional durante los próximos años. Trump, declaró desde su club de golf en Florida que ya es hora de que se entienda que el Golfo de México se llama Golfo de América… Agregó: “There’s no Mexico anymore; from now on is Ex-Mex”.

    Por supuesto, lo que he leído hasta aquí, quitando el ataque a Caracas y el secuestro ilegal de Maduro, es una ficción, una ficción distópica, un horror. No la escribí con el afán de hacer reír a nadie. La escribí para vislumbrar un escenario que ya no es increíble. El propio Trump, horas después de la agresión en Caracas, amenazó a nuestro país, a nuestro gobierno, a nosotros. Escribo esto para que quede claro qué quiere la derecha mexicana: quieren lo peor para todos. No es tiempo ni de reírnos ni de minimizar las estupideces que profiere el conservadurismo, sus HT machacones, narco esto y narco lo otro, sus amenazas, sus improperios y falsas acusaciones. Aplaudieron lo que sucedió en Caracas porque ellos, ahora sí, quieren que nos convirtamos en Venezuela.

  • Maduro, prisionero de guerra

    Maduro, prisionero de guerra

    Las empresas petroleras y los grandes capitales estadounidenses vuelven al ataque, han vuelto a violentar el derecho internacional de forma burda, quizás en esta vez más burda que todas, su objetivo ha sido el petróleo venezolano y por eso secuestraron ilegalmente al presidente Maduro. Haremos una breve pero importante reflexión al respecto.

    Otra noche fatídica para América Latina, nuevamente un gobierno es destituido por los gringos solo porque no les conviene geopolíticamente. Si estás en contra de los intereses imperialistas yankees aunque sea poquito te van a destituir, asesinar y/o encarcelar bajo pretextos que son puras fantasías (ya hasta dijeron que el cartel de los soles nunca existió en realidad).

    Quien opine sin conocer la historia de Latinoamérica deja fuera una parte esencial que nos constituye como región, nuestro sometimiento y explotación por parte de las grandes potencias (y en últimos siglos por los Estados Unidos). Con intervenciones violentas que se cuentan por montones y que costaron la vida de cientos de miles de personas y nuestro empobrecimiento brutal.

    En ese contexto es que atacaron a Maduro y al Chavismo. Llevan más de 25 años atacando al régimen chavista porque decidió defender su soberanía y no someterse a los gobiernos gringos. Desde intentos de golpes de Estado, financiamiento de actos terroristas contra la población venezolana, una campaña mediática plagada de mentiras, reconocimiento de gobiernos ilegales en el extranjero, sanciones y bloqueos económicos, asesinatos de lancheros, robo de barcos petroleros y ahora el secuestro de su presidente con el asesinato de decenas de personas.

    Todo ello realizado con total impunidad. Lo que llaman la comunidad internacional (Los gringos, la OTAN y unos cuantos países más) ha apoyado todas esas medidas, son cómplices de esos crímenes. Así como lo son ahorita que no condenan y solo justifican las acciones realizadas por el ejército gringo.

    Pero hay que ser claros, esto fue el secuestro de un presidente de una nación solo porque no les convenía. Solo porque quieren el petróleo, no les importa la democracia ni el pueblo de Venezuela, es más no les importa ni la oposición venezolana vende patrias que la hicieron a un lado, solo quieren el crudo y las tierras raras. Maduro es un prisionero de guerra, fue secuestrado y debemos condenarlo totalmente. 

    Redes sociales

  • Cuando veas las barbas de tu vecino cortar… Venezuela

    Cuando veas las barbas de tu vecino cortar… Venezuela

    Tras el secuestro del presidente Nicolás Maduro, el rechazo de la sociedad latinoamericana ha sido prácticamente unánime; sin embargo, como ya es costumbre, el espíritu de Nepomuceno Almonte volvió a poseer a las derechas regionales. Desde la Argentina de Milei y el Chile de Boric (pronto, quizá, de Kast), hasta el México de Sheinbaum, los conservadores vieron con júbilo la invasión y comenzaron a anhelar que ocurriera lo mismo en los países donde no son gobierno.

    Quienes celebraban lo hacían bajo el argumento de que, por fin, Venezuela sería “libre”. Cabe entonces preguntar al lector: ¿cuál libertad?, ¿la de ceder el petróleo a Exxon y Chevron?, ¿la de crear una brecha de desigualdad digna de los países del llamado “mundo libre” ?, ¿la libertad de desmontar el Estado social y sustituir derechos por caridad?, ¿la de criminalizar la protesta y llamar “terrorismo” a cualquier forma de organización popular?, ¿o la libertad de convertir a Venezuela en un enclave extractivo administrado desde Washington, donde el voto estorba y el mercado manda?

    El intervencionismo de Estados Unidos no es nada nuevo; se trata, en realidad, de un regreso a prácticas del siglo pasado. La intervención en Venezuela para imponer los intereses de Washington, sin importar el derrocamiento de un presidente legítimamente electo, confirma que se han terminado los tiempos en los que la potencia norteamericana ejercía su imperialismo condicionando financiamiento del FMI o apoyos de la USAID a cambio de políticas liberalizadoras. Hoy estamos de vuelta a principios del siglo XX: regresó el garrote de Teddy Roosevelt.

    Venezuela fue un parteaguas que hace visible el retorno de aquella visión añeja del mundo: el dominio del más fuerte, las zonas de influencia de una potencia y el derrocamiento de gobiernos democráticos que ponen a sus pueblos por encima del capital estadounidense.

    En este nuevo —y a la vez viejo— sistema de dominación ya no hay espacio para gobiernos soberanos. No lo hay para Gustavo Petro ni para Claudia Sheinbaum. Así lo dejó ver el propio presidente estadounidense en sus declaraciones del día posterior a lo ocurrido en Venezuela, cuando refirió que Colombia podría ser el siguiente y que “algo se debe hacer con México”.

    No se trata de una pesadilla lejana. Lo cierto es que, en ambos países, ya comienza a posicionarse la misma retórica que precedió a la operación militar, siempre de la mano —por supuesto— de quienes encarnan el espíritu de Nepomuceno Almonte. La llamada “lucha contra el narco” y la denominación de los cárteles como organizaciones terroristas ya forman parte del discurso que Estados Unidos impulsa hacia nuestra región. A ello se suma que, por su carácter de izquierdas, estos gobiernos son etiquetados como “comunistas”, construyendo un marco discursivo que justifica la injerencia y la intervención externa.

    Es por ello por lo que debemos cuidar nuestra soberanía, no caer en discursos construidos para legitimar la intervención en nuestros países y comenzar a estar atentos a los siguientes pasos que dará Estados Unidos, tanto en Venezuela como en nuestra región entera. Porque, cuando veas las barbas de tu vecino cortar…

  • Discurso violento puente de la invasión

    Discurso violento puente de la invasión

    El neomacartismo mundial creó los puentes mediáticos necesarios para que el secuestro de Maduro se aprecie como un acto de justicia.

    La derecha en México, cree haber revivido ante su inminente deceso, pero eso no suma militantes al PAN ni razón de vivir al PRI, ni al remedo de líderes juveniles de MC.

    La versión de una fantasía que tiene como propósito manipular, porque también se manipula con la verdad, impera en un sector de la población en nuestro país que da por un hecho que son un infierno los países que no coinciden con la idea absurda de Trump, por el simple hecho de ser calificados de “comunistas”, y si necesitan argumentos ante la carencia total de opuestas acuden a mencionarlos como el destino final de México.

    Estados Unidos clasifica la maldad según sus intereses, producto de una visión alterada, como Venezuela, donde sucede lo que la Casa Blanca quiere que suceda y secuestra a los presidentes electos legítimamente por el pueblo, cuando se le da la gana.

    El extemporáneo macartismo mexicano es muestra de una desinformación convertida en religión de derecha basada en dogmas de fe y no en la realidad, que se convierte en una pandemia que no deja de contagiar a los menos preparados.

    La visión del macartismo mexicano no se limita a la política sino a la moral y a la delincuencia, porque siendo los espacios destinados a los pecadores incluye todo lo malo que puede haber en este mundo, aunque en realidad la derecha esté más involucrada en la ilegalidad que los supuestos comunistas.

    Todo fanatismo acusa ignorancia y la derecha en México es tan repetitiva que, en su limitado vocabulario, menor al de cualquier guion de Viruta y Capulina, muestra sus deficiencias en conocimientos de la historia y la legalidad.

    La propia existencia de quienes practican el macartismo mexicano está estancado en el pasado, sus gustos estéticos, su pasión por las telenovelas, su dependencia de los noticiarios televisivos, sus títulos y diplomas de universidades privadas y extranjeras, en fin, una serie de ineficiencias que en algún momento se consideraban atributos propios de la “gente bien” y que nunca sirvieron de nada, a juzgar por la manera en que gobernaron.

    México vivió una larga temporada basada en la mentira, con intelectuales que no lo eran, con medios mentirosos, políticos corruptos, con impunidad creciente, etc.

    Esas son las frágiles bases del macartismo mexicanos que lejos de desaparecer se mantiene y en tiempos electorales aumenta. Afirman sus fantasías, convencidos de decir la verdad que contagian como si fuera rabia.

    El macartismo mexicano es de pena ajena, pero desde el momento en que surge en una plática tiene garantizada su impunidad, porque no hay quien contradiga los dogmas.

    Sin los medios ese macartismo se hubiera diluido desde hace muchos años. McCarthy, un abogado mediocre, murió en 1957, hace 70 años. Y nunca fue un filósofo, ni un intelectual, un simple senador de mente extraviada, fascista y poco preparado académicamente, por ideas producto de la ignorancia que identifica a gran parte del pueblo estadounidense.