Del Zócalo capitalino a universidades y foros europeos, el expresidente carga con un repudio que ni los años ni los viajes han logrado silenciar.
Felipe Calderón podrá cambiar de país, de foro y hasta de idioma, pero hay algo que lo acompaña con puntualidad internacional: los gritos de “¡asesino!”.
Ayer volvió a ocurrir, ahora en París, donde estudiantes del Sciences Po confrontaron al exmandatario panista en plena actividad académica, recordándole que su legado de violencia no se borra con conferencias ni pasaportes diplomáticos.
El episodio francés no es aislado. En realidad, es el capítulo más reciente de una larga cronología de repudio público que comenzó, simbólicamente, en septiembre de 2012, cuando Calderón encabezó por última vez el Grito de Independencia.
Aquella noche, el Zócalo no coreó vivas: le devolvió un ensordecedor “¡asesino, asesino!”, en pleno saldo sangriento de la llamada guerra contra el narcotráfico.

Ocho años después, en 2020, el propio Calderón intentó reescribir la memoria al publicar un video nostálgico del Bicentenario. Las redes le respondieron con el recuerdo que más le incomoda: el abucheo masivo de su despedida y miles de mensajes recordándole las víctimas de su sexenio.
El rechazo cruzó fronteras. En España, primero en Madrid (2024), una mujer lo encaró tras un foro político y lo llamó “narcopresidente”, acusándolo de las muertes en Ciudad Juárez. Un año después, en Oviedo (2025), manifestantes lo recibieron con pancartas y gritos de “ladrón, asesino y corrupto”, obligándolo —junto a otros exmandatarios de derecha— a entrar por la puerta trasera, metáfora perfecta de su prestigio internacional.
Y ahora París. En un aula universitaria, sin discursos ni micrófonos, estudiantes le exigieron irse, recordándole que ni la distancia ni el tiempo absuelven decisiones de Estado que dejaron miles de muertos.
Calderón, fiel a su estilo, guardó silencio y aceleró el paso.
La constante es clara: donde aparece, el pasado lo alcanza. Mientras él insiste en presentarse como defensor de la democracia, en plazas, calles y universidades del mundo su nombre sigue asociado a violencia, impunidad y muerte. Y por más kilómetros que recorra, el grito es el mismo.
