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  • La aporía de los burros y los olotes

    La aporía de los burros y los olotes

    He dicho aquí que una de las grandes bondades del primer gobierno federal de la Cuarta Transformación es que cambió radicalmente la noción generalizada que se tenía en México acerca de la población. ¿De qué población? De toda, de toda la población, hombres y mujeres, incluidos usted y yo, desde los más ancianos hasta los recién llegados al mundo… Antes de 2018, cundía la idea de que la gente era un problema, de que nosotros éramos un problema o, en el mejor de los casos, “un reto”. La población consumía recursos, agotaba los recursos. Andrés Manuel López Obrador combatió esa manera de entendernos, por fortuna.

    Si tiene usted menos de 50 años y ha vivido en México, buena parte de su existencia le dijeron que el crecimiento poblacional es una calamidad. La mayoría fuimos educados bajo esa premisa. Piénselo. Solamente en tres estados de la República la edad mediana sigue siendo de menos de 30 años —Chiapas (28), Aguascalientes (29) y Guerrero (29)—, mientras que sólo en dos supera los 35 —Veracruz (35) y CDMX (39)—, de tal suerte que en la gran mayoría se ubica entre los 30 y los 34 años. Así, la edad mediana nacional es de 32 años (INEGI, ENADID 2023). La población de México se ha avejentado: en 2000 la edad mediana era de 23 años, y hace poco más de 50 años, en 1970, de apenas 17. Con todo, en nuestro país la gran mayoría de las personas tiene mucho menos de 50 años. Por eso, nada más considerando su edad, podemos afirmar que más de la mitad de la población de este bello país vivió la parte más amplia de su existencia en un mundo en el que el sentido común hegemónico dictaba que entre menos burros más olotes, que “la familia pequeña vive mejor”, que ya somos demasiados, que si hay más gente habrá menos recursos y más pobreza, que “ya no cabemos”, en fin… Es más, si usted es aún más joven y anda, digamos, por debajo de los 40, además de tener la certeza de que la gente es una carga para el país, es muy probable que usted viva entrampado en las telarañas de la ideología neoliberal y lo hayan convencido de que el principal recurso de una persona, de una familia o de un país es el dinero. Hasta hace muy poco, para la mayoría de los connacionales lo mejor que podría pasarnos es que fuéramos menos gente. Tal era la manera de entendernos que desde el gobierno e incluso desde la academia se promovía desde mediados de los años setenta del siglo XX.

    Entre menos burros más olotes. Los gobiernos neoliberales mantuvieron la política de control demográfico, sin impulsar mayores acciones, e incluso descuidando la salud reproductiva. Sin embargo, discursivamente López Obrador se encargó de dar un golpe de timón… Uno más. Para el humanismo mexicano, la población dejó de entenderse como un problema para asumirse como lo que siempre ha sido: nuestro principal recurso.

    La aporía de los burros y los olotes fue combatida desde el primer gobierno de la 4T. El dicho “entre menos burros más olotes” es una aporía —un enunciado que expresa o que contiene una inviabilidad de orden racional— sencillamente porque nosotros, la gente, no somos los burros que comemos los olotes: somos los hombres y mujeres que sembramos y cosechamos el maíz. Y aunque es una obviedad hay que decirlo: sin agricultores, por más dinero que se invierta, no habría ni olotes para los burros ni elotes para los humanos.

    Si nos mantenemos en el ámbito alegórico, no faltarán quienes digan que además de agricultores se requiere tierra para sembrar. La cuestión del territorio, claro.

    ¿Somos muchos para el tamaño de país que es México?

    El tamaño de nuestro país tiene, ciertamente, muchas dimensiones, no sólo la espacial. De entrada, deberíamos pensar en la diversidad geográfica, los recursos y su abundancia. Por ejemplo, Groenlandia, una isla —la más extensa del planeta— que forma parte del Reino de Dinamarca, tiene una superficie de 2.1 millones de km2, es decir, poco más de los 2 millones de km2 que tiene México, sin embargo 84% de esa inmensidad está cubierta por hielo. Nuestras condiciones son muy distintas: México es megadiverso. 

    Pero quedémonos sólo con la más inmediata dimensión de la amplitud del país. En 1921 habitaban el país 14 millones de personas —hoy día, tan sólo en el Estado de México viven alrededor de 18 millones—, lo cual se traduce en que al término de la Revolución el país presentaba una población relativa de apenas 7 habitantes por km2. En agosto del año pasado éramos 129.5 millones, así que la densidad poblacional se ubicó en 66 habitantes por km2. Sí, ha aumentado mucho nuestra densidad poblacional, pero en este renglón nuestra situación es incomparable respecto a naciones como India, en donde habitan 1,130 habs./km2, o Bangladesh, con 3,020 habs./km2, por no mencionar a Singapur, en donde habitan 8,250 personas por km2. Y, claro, México está también muy lejos de la relación población/territorio que presentan Australia, Canadá y Rusia, con 3, 4 y 8 habs./km2.

    ¿Y cómo es que nos distribuimos espacialmente?

    La mayor parte en este país vive en su franja central. Del Pacífico al Atlántico, en el cinturón que forman las 12 entidades federativas centrales habitamos más de la mitad de la población total de México: Jalisco, Colima, Michoacán, Guanajuato, Querétaro, Estado de México, Ciudad de México, Hidalgo, Morelos, Tlaxcala, Puebla y Veracruz. En total, 71.3 millones, es decir 55 de cada cien habitantes. Esta franja territorial tiene una superficie de 344.8 mil km2, de tal modo que en promedio la densidad en ella es muy superior a la nacional (66): 207 habs./km2.

    Ahora, ¿cuánta gente vive en el norte del México? Asumamos que “el norte del país” lo conforman los estados más septentrionales, los que hacen frontera con Estados Unidos. Seis de las 32 entidades federativas hacen frontera con EU: Baja California, Sonora, Chihuahua, Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas. En ellas viven 23.6 millones de personas, 18.2% de la población total del país —ojo: tan sólo los dos estados que circundan la CDMX, Morelos y el Estado de México, tienen una población conjunta superior, de 19.5 millones de habitantes—. Y en este grupo se hallan los estados más grandes de la República, así que no sorprende que en conjunto integren nada menos que 37% del total del territorio nacional (722.8 km2). Consecuente, la población relativa promedio en las entidades fronterizas del norte es muy baja: 33 habs./km2, justo la mitad respecto a la nacional. 

    ¿Y en el sur? Bien sabemos que la región que llamamos “el sureste” no es tan austral como suele creerse. Por ejemplo, Cancún, Quintana Roo, está más al norte que la CDMX. Con todo, si damos por buena la tradición que entiende a la península de Yucatán como parte del sur del país, diremos que en los estados sureños —Guerrero, Oaxaca, Chiapas, Tabasco, Campeche, Quintana Roo y Yucatán— viven 21.4 millones de personas —5.4 millones menos que los que vivimos en el Estado de México y la Ciudad de México—. La superficie que abarcan estos siete estados es de 397.1 mil km2. Así las cosas, resulta pues que la densidad poblacional en esta región es menor que la del promedio nacional: 54 habs./ km2.

    Considerando sólo una variable más, la disponibilidad de agua, hay conclusiones que saltan a la vista para cualquiera, ¿no?

    En suma, de los cuatro elementos que suelen mentarse como los básicos y generales de un Estado Nación, gobierno, población, territorio y leyes, me parece que en México los tenemos todos. Y la verdad, no creo que ocho burros estorben mucho para asegurar el último.

    • @gcastroibarra
  • Había una vez un país quebrado

    Había una vez un país quebrado

    Díaz Ordaz, Echeverría, JLP, De la Madrid, Salinas, Zedillo, Fox, FeCal, EPN… Todos ellos, me consta, en su momento consiguieron que mucho antes de que concluyera su respectivo período de gobierno, en muchos casos años atrás, el país estuviera plenamente de acuerdo al menos en algo: lo mejor para todos era que el presidente en turno se largara. Hoy, en cambio, la gran mayoría llevamos meses experimentando agradecimiento y una fuerte nostalgia anticipada. El próximo martes Andrés Manuel dejará Palacio Nacional.

    No sería preciso si digo que hace seis años… Hay que decir que hace poco menos de seis años —sí, porque no debemos olvidar que el que hoy está en sus días finales será un sexenio mocho… Un sexenio mocho en el que se hizo mucho… Pero no, ¡cómo mocho!, eso se escucha espantoso, mejor mochado, un sexenio mochado, ligeramente cercenado: un sexenio de cinco años y diez meses—… Bueno, decía…, hace casi seis años, el 1° de diciembre de 2018, durante su memorable discurso de toma de protesta como presidente constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, Andrés Manuel López Obrador advirtió algo que algunos, sobre todo entre quienes seguían y siguen repitiendo como cacatúas que todos los políticos son iguales, creyeron que no iba a pasar de pura retórica: 

    … hoy no sólo inicia un nuevo gobierno, hoy comienza un cambio de régimen político”. Y especificó: “A partir de ahora se llevará a cabo una transformación pacífica y ordenada, pero al mismo tiempo profunda y radical

    Hoy, en 2024, ¿quién en su sano juicio podría negar que, efectivamente, aquel sábado 1° de diciembre de 2018 dio inicio formal un cambio de gran calado de la vida pública de México? Ni siquiera los más furibundos detractores de AMLO y la 4T pueden negar el cambio, imposible porque es de eso precisamente de lo que tanto se quejan. Es decir, la profunda y radical transformación podrá no haberles gustado a algunos, muy pocos, por cierto, pero nadie puede negar que hoy México es otro. Y, repito, la mayoría estamos contentos con el cambio. En la última encuesta realizada por Enkoll, y publicada hace unos días por El país y la W Radio, dos medios de los cuales no podríamos decir que sean simpatizantes de AMLO, preguntaron “¿Qué tan de acuerdo o en desacuerdo está con la Cuarta Transformación, considerando las acciones de gobierno del presidente López Obrador en los últimos seis años?” Respuesta: 77%, es decir, prácticamente 8 de cada 10, contestaron estar de acuerdo o muy de acuerdo.

    La mayoría de la ciudadanía quería en 2018 que se diera un golpe de timón y tomáramos la ruta de la regeneración nacional. La mayoría de la ciudadanía sabe en la actualidad que Andrés Manuel cumplió y que, ciertamente, encaminó a México por donde dijo que iba a hacerlo. La mayoría de la ciudadanía decidió continuar por esa senda y profundizar la transformación, ponerle un segundo piso, y así lo expresó el 2 de junio pasado. Si AMLO arrasó con 30 millones de votos, la elección de Claudia confirmó con 36 millones de sufragios que la ciudadanía de este país apoya, apoyamos y formamos parte de la Cuarta Transformación de la Vida Pública de México. Y esa es la calificación más importante del sexenio.

    En aquel discurso, con un Peña Nieto anulado a un lado, AMLO reiteró lo que llevaba mucho tiempo señalando incansable desde la oposición: el cambio verdadero era necesario no sólo por “el fracaso del modelo económico neoliberal aplicado en los últimos 36 años, sino también por el predominio en este período de la más inmunda corrupción pública y privada”. Y remató:

    …  como lo hemos repetido durante muchos años, nada ha dañado más a México que la deshonestidad de los gobernantes y de la pequeña minoría que ha lucrado con el influyentismo.

    ¿Y recuerdan el descaro con el cual uno de los dos candidatos del PRIAN en 2018 decía que a AMLO, si ganaba, no le iba a alcanzar el dinero para hacer todo lo que prometía hacer porque no se podría sacar todo lo necesario del combate a la corrupción? “El combate a la corrupción y la austeridad nos permitirá liberar suficientes fondos, más de lo que imaginamos, mucho más, para impulsar el desarrollo de México”, sostuvo en diciembre de 2018 el primer mandatario a quien realmente me parece adecuado llamar así, el primer mandatario. Y se salió con la suya. Por la misma encuesta de Enkoll sabemos que, comparando el día de hoy con el inicio del gobierno de López Obrador, el 71% de la ciudadanía opina que la situación del país en cuanto a infraestructura ha mejorado. 71% Y aquí, en infraestructura, tenemos que pensar en Dos Bocas, en el AIFA, en el Tren Transoceánico, en el aeropuerto de Tulum, en la Refinería de Deer Park, en el rescate a la CFE, en las presas, las carreteras y los caminos artesanales, en el Parque Ecológico de Texcoco, en la ampliación de Chapultepec, en el Tren Maya… Por la misma encuesta sabemos que, comparando el día de hoy con el inicio del sexenio, 83% de la ciudadanía opina que la situación del país en cuanto a apoyos sociales ha mejorado. Y con todo y la peor crisis económica global sufrida en un siglo a causa de la pandemia. 

    Pero regreso al 1° de diciembre de 2018… Unas horas después, en el Zócalo de la Ciudad de México, de frente a la gente, el primer presidente de la 4T enlistó los compromisos que estaba asumiendo. En un momento dado, dejó de leer y dijo: “Ténganme paciencia y confianza porque nos están entregando un país en quiebra”.

    No sé si Peña Nieto escucharía aquel discurso. Lo dudo. Quizá para entonces ya iba rumbo a Madrid. De lo que estoy seguro es de que, si lo oyó, al mexiquense no le dio ni tantita pena, mucho menos vergüenza. Le debió de haber entrado por una y salido sin dejar ninguna mella por la otra. Pero el diagnóstico no puede minimizarse: Andrés Manuel recibió un país quebrado. Y lo sacó a flote. Sacamos todos a flote al país. La encuesta de enkoll reporta que hoy por hoy únicamente el 3% de la población considera que el principal problema del país es la pobreza, sólo el 3% dijo que el principal problema son los bajos salarios… Es más, solamente 8 de cada 100 dijeron que el principal problema de México es el crecimiento económico.

    Andrés Manuel López Obrador cumplió. Hizo un gran trabajo. El pueblo lo sabe, el pueblo al que pertenecemos todos, los pobres, la clase media y los más acaudalados. La encuesta publicada por El país reporta que la calificación promedio con la que AMLO se va es nada menos que 8.2 sobre 10. Claro, las personas que simpatizamos con el movimiento lo calificamos mejor, con 9.1…, pero los ciudadanos que declararon tener afinidad con el PAN lo calificaron con 8.2. Así que cuál país polarizado. 

    A diferencia del México que recibió en 2018, un México quebrado, estresado e incierto, hoy vivimos en una nación de la que podemos sentirnos orgullosos y en la cual la esperanza es perfectamente razonable.

    Vamos a extrañarte, Andrés Manuel. Gracias por todo.

    • @gcastroibarra
  • El error de septiembre

    El error de septiembre

    “Tenemos que hablar de Vicente”. Hace poco más de dos años así titulé mi columna. De entrada, ofrecía disculpas por el fastidio que podía causar, pero entonces realmente pensaba que teníamos que hablar de Vicente Fox Quezada.

    Sabía bien que el señor, desde hace mucho tiempo, harta. Sabía y sé que abundan quienes con sensatez argumentan que lo mejor que podemos hacer con el expresidente prianista es no hacerle el menor caso, sabía y sé que hay quienes desde hace años sostienen que reaccionar a las fantochadas de Fox es sólo hacerle el caldo gordo. O mejor, y dicho de forma muy nuestra, sabía y sé que sobran razones para tirarlo de a loco. Así que no negaba que ignorarlo resulta casi siempre la estrategia más sana. Ojo…: casi siempre, pero no siempre.

    En aquella ocasión juzgué conveniente atender las tarugadas de Fox porque el señor había espetado una barbaridad particularmente reveladora. Impertinente, había tuiteado: 

    PIDO VEHEMENTEMENTE A LOS DE ARRIBA, SE ORGANICEN Y NOS CONDUZCAN A LA VICTORIA!! 2024

    Cuando el ex empleado de Coca-Cola pidió “A LOS DE ARRIBA” que en 2024 “CONDUJERAN A LA VICTORIA” mostró groseramente su verdadero rostro. Verdad de Perogrullo: los de arriba no son los de abajo. Y uno no tiene que haber leído la novela de Azuela para saber a quiénes nos referimos en México cuando hablamos de Los de abajo: desafortunadamente son la enorme mayoría de mexicanos y mexicanas, de tal suerte que tampoco se requiere ningún sustento estadístico para saber que los de arriba son la minoría. Fox quedaba expuesto y convenía explicitarlo: a quien se supone que tendría que pasar a la historia como el primer presidente del México post revolucionario electo democráticamente —en “plena normalidad democrática”, según el eufemismo acuñado por su antecesor, Ernesto Zedillo—, en realidad le importa un comino la opinión de la ciudadanía. El tuit de marras fue en realidad una confesión.

    Pues hace dos años, cuando escribí aquella columna, no me imaginaba que llegaría el día en que también tuviéramos que hablar de Ernesto.

    Porque tenemos que aceptar que la grosera insolencia de Zedillo Ponce de León fue sorpresiva. Digo, el expresidente llevaba lo que va del siglo lejos de México y en cauto silencio… Prácticamente un cuarto de siglo en las sombras, alejado del ágora nacional. Pero, como constatamos hace unos días, decidió romper lo que él mismo llamó una regla autoimpuesta, la de abstenerse de comentar públicamente los acontecimientos políticos del país. Y lo hizo muy muy mal: a destiempo, pronunciando un pésimo discurso, agraviando a varios millones de personas y sin el menor tino de cálculo político.

    Todo mal, desde el prólogo del evento…, porque al doctor Zedillo le pareció una buena idea reaparecer en México anunciando su próxima alocución… ¡en inglés!

    Zedillo fue el encargado de abrir la Sesión Inaugural de la Conferencia Anual de la International Bar Association, celebrada este año en la Ciudad de México. Pues lo primero que hizo el expresidente fue tratar de victimizarse, difamar al presidente López Obrador y aventurar una profecía: “Estoy consciente de que la reacción del presidente será, como siempre ante quien disiente, critica o piensa distinto a él, la calumnia, el insulto y la amenaza.” Como era de esperarse, el macroeconomista erró en su augurio: días después, AMLO ni lo calumnió ni lo insultó ni lo amenazó… Eso sí, se burló de él.

    Ernesto Zedillo llegó pronto a la parte más importante de su mensaje. Apenas en el tercer párrafo de su largo discurso sentenció: “Nuestro Congreso Federal acaba de aprobar —y ha sido ratificado por una mayoría de Legislaturas estatales—, un conjunto de reformas constitucionales que destruirán el Poder Judicial y, con ello, enterrarán la democracia mexicana y lo que quede de su frágil Estado de derecho”. Y aquí podríamos dejar todo, porque, en pocas palabras, de lo que vino a quejarse es de que el Legislativo, integrado democráticamente y conforme a nuestras leyes, haya hecho su trabajo. Según su opinión, la opinión de un economista —licenciatura en el IPN y doctorado en Yale—, pero también la opinión de los priístas y los panistas, es decir, la opinión unánime del PRIAN, la reforma judicial propuesta por el Ejecutivo y aprobada por la mayoría calificada de las dos cámaras federales y luego por la mayoría de los congresos locales, significa “la demolición” —para usar la expresión de Piña— del Poder Judicial y el fin de nuestra democracia. El Apocalipsis según San PRIAN. O aun con menos palabras: Zedillo afirma que la actuación conforme a derecho de la mayoría democrática va a destruir el Estado de Derecho y la democracia. La misma cantaleta que el conservadurismo ha repetido machaconamente durante las últimas semanas. He ahí y hasta ahí el meollo del mensaje de Zedillo.

    Seguiría una luenga perorata en la que Zedillo se dedicó a hablar mal del sistema político mexicano antes de 1994, es decir, antes de que él llegara a Los Pinos, para luego narrar las decisiones y acciones que él tomó para encaminarnos por la venturosa senda de la democracia, mediante las reformas constitucionales que él y su partido, el PRI, entonces mayoritario, impulsaron con auxilio del PAN. ¿Y de dónde provino todo? De él, por supuesto: “Esa reforma surgió de mi convicción de que la dificultad de México para satisfacer las demandas incumplidas de nuestro pueblo de progreso económico, social y político se enraizaba fundamentalmente en nuestro fracaso histórico de construir una verdadera democracia.” O sea que según Zedillo no fue la doctora Dresser quien nos quitó las cadenas, sino las reformas que surgieron de su convicción personal y con las que se consiguió la “ruptura con el pasado semi-autoritario”. 

    Continuaría el exmandatario detallando las bondades de sus reformas, lo civilizado de su propio proceder, incluso se animó a decir que la elección que lo había llevado a la Presidencia “había sido legal, pero no justa”, por lo cual había decidido reformar el sistema electoral. Curioso, tan buen actuar le trajo por consecuencia al PRI y a Zedillo perder las elecciones en el 2000…, pero, “México se convirtió en una verdadera democracia”. Claro, del 2006 no dijo nada.

    Zedillo tiene todo el derecho de creer esto y quizá también que endeudándonos con el Fobaproa salvó al país. También tiene el derecho de criticar la reforma al Poder Judicial y de pregonar que “todos los principios esenciales del Estado de derecho podrán ser pisoteados”. El hombre puede pensar y decir que “los nuevos antipatrias quieren transformar nuestra democracia en otra tiranía”…, imponiendo la democracia. El problema es que su alocución llega a toro pasado. La propuesta de reforma al Poder Judicial se presentó hace más de medio año. Después, durante las campañas electorales previas a los comicios de junio, se explicitó que el propósito era impulsar esa reforma ganando para ello la mayoría calificada… ¿Nunca escuchó hablar del Plan C? Me pregunto, además, ¿y por qué no se dio una vuelta por México el doctor Zedillo para advertirnos a tiempo de tanta perversión y demolición y tiranía? ¿Por qué viene a hacerlo a unos días de que AMLO deje la Presidencia? Él sabrá, pero cualquiera que sea la respuesta no le quita lo inoportuno e impertinente a su reaparición en la arena pública mexicana.

    Por mi parte, no me cabe en la cabeza la idea de que no es democrático que la ciudadanía elija democráticamente a sus jueces y magistrados. Entiendo, eso sí, que muchos defiendan esa idea, Zedillo, Marko Cortés, Alito, el PRIAN, Claudio X. González, Norma Piña, Pedro Ferriz, Alazraki, en fin… El caso es que hoy la reforma judicial ya entró en vigor y es inimpugnable. Y como dijo alguien el 1 de julio de 1997: “Ese es el principio de la democracia, que aceptemos todos que una vez que se da la valoración, eso es lo que cuenta y que podamos vivir con ese resultado”. Ese alguien era entonces presidente de la República y se llamaba Ernesto Zedillo.

    Tampoco entiendo muy bien que alguien tan inteligente como debe de serlo un doctor en ciencias económicas graduado en Yale pueda decir, como lo hizo en entrevista con Gómez Leyva, que “no hay que faltarle el respeto a la gente” y que votamos engañados. En efecto, Zedillo piensa que la mayoría de la ciudadanía mexicana es… ingenua, para no decirlo muy feo. 

    También para no decirlo muy feo, pienso que fue muy ingenuo por parte de Zedillo agraviarnos. El resultado está a la vista.

    • @gcastroibarra
  • Ni norman ni piñan a nadie

    Ni norman ni piñan a nadie

    Con tan hermosa y larga cauda que va quedando conforme el sexenio se acerca a su fin; con tantas buenas nuevas, tanta inauguración, tanta entrega de obra, tanto compromiso que el señor presidente va cumpliendo… Con tan pocos días que quedan, que nos quedan, para que Andrés Manuel López Obrador se vaya merecidísimamente a descansar a Palenque, con tanto buen porvenir que se atisba con la llegada de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, pues uno quisiera hablarles de otras cosas y sobre todo con otro tono… Pero ahí tienen ustedes que apenas el domingo 8 de septiembre de 2024, ya bien entrada la tarde, cuando la Reforma al Poder Judicial se discutía en el Senado de la República y estaba a punto, a sólo unos minutos, de ser aprobada por las comisiones unidas de Puntos Constitucionales y Estudios Legislativos, y eso, como seguramente ustedes saben, después de haber sido aprobada en la Cámara de Diputados, a la ministra Norma Piña —en el nombre lleva la penitencia, nuestra penitencia— se  le ocurrió poner “sobre la mesa propuestas concretas”. Yo no sé ustedes, pero yo no comparto su noción de oportunidad y pertinencia. La señora, por decir lo menos, lo obvio, es inoportuna e impertinente. 

    Aunque después de verla y escucharla hablar a uno le cueste trabajo creerlo, resulta necesario recordar que la abogada Norma Lucía Piña Hernández ocupa el cargo de Ministra Presidenta de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, de modo tal que la señora encabeza el Poder Judicial de este país. Es indiscutible que su posición la hace relevante, así que me veo precisado a comentar la intervención dominguera de la doctorante Piña. Eso sí, prometo brevedad…

    La impertinente e inoportuna aparición de la ministra en el ágora nacional no fue directa sino mediatizada. No habló ante personas de carne y hueso, sino frente a cámaras. En su videomensaje, Piña aparece acompañada de tres de sus diez compañeros ministros, es decir, la gran mayoría no la respaldaron con su presencia… O dicho de otra manera: en tan desusada intervención, vimos, contándola a ella misma, a sólo el 36% de los ministros de la Suprema, una minoría. Con Piña vimos a Juan Luis González Alcántara Carrancá, a Jorge Mario Pardo Rebolledo y a Luis María Aguilar Morales. Además, también sentados y viendo a cámaras, de la Judicatura Federal estuvieron tres consejeros, de lo que se desprende que otros tres consejeros de la Judicatura no acompañaron a Piña.

    Piña Hernández dice que sale ahora a presentar sus “propuestas concretas”, cito, “a partir del compromiso que asumí ante la ciudadanía y las autoridades nacionales”. Ojo: ante, no con. No asumió un compromiso con la ciudadanía y esas poco definidas “autoridades nacionales”. Afirma que lo hizo ante ellas. Y ante, recordemos, es una preposición que significa frente a, en presencia de, en comparación… Entonces me pregunto, ¿ustedes se enteraron de qué compromiso asumió la señora Piña? ¿Qué compromiso y con qué autoridades nacionales? Porque a la vista de todo lo sucedido, no parece que haya sido con las autoridades nacionales que son y representan los Poderes Ejecutivo y Legislativo. Aquí sí ante: ante nosotros no vemos un compromiso de la ministra con las autoridades nacionales surgidas de los procesos democráticos.

    El domingo fue igual: mientras la ministra Norma Piña aseguraba en su video que “debemos escucharnos entre poderes”, las señoras y señores senadores de la República, ellos sí elegidos mediante el voto, discutían la Reforma al Poder Judicial…, así que resulta difícil creer que ella los estuviera escuchando. Por ejemplo, ¿habrá escuchado la ministra los posicionamientos de los senadores del PRI, ese instituto político lidereado por su amigo y aliado Alito Moreno? ¿Se habrá enterado de la defensa que hizo el senador Marko Cortés del PAN de sus acuerdos con el PRI para elegir entre ambas dirigencias a notarios públicos y ministros en Coahuila a cambio de candidaturas? 

    Con todo, la ministra sostiene que hace un llamado “respetuoso pero firme” a los legisladores y a las autoridades de los sistemas de seguridad y justicia. ¿Un llamado a qué? Textualmente dijo: “hago un llamado a que podemos cambiar las cosas”. Lamentablemente, Dudo que la ambigüedad se deba únicamente a deficiencias en la redacción del comunicado.

    En la parte cardinal de su arenga, textualmente dijo la ministra: “La demolición del Poder Judicial no es la vía como se pretende”. Hasta ahí. No corto nada. “La demolición del Poder Judicial no es la vía como se pretende”. ¡Qué galimatías! ¿No es la vía a qué? ¿Cuál vía? ¿Quién pretende? ¿Demolición, cuál demolición? ¿O afirma que con la Reforma presentada por el Ejecutivo se pretende la demolición del Poder Judicial? ¿O que, como se pretende hacerlo, no es la vía para demoler el Poder Judicial? Ni siquiera creo que estemos frente una anfibología; sencillamente el aserto está muy mal redactado.

    Enseguida, la Presidenta de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, no sé bien si dándose cuenta que lo hace, acepta que la reforma al Poder Judicial no sólo es necesaria y urgente, sino también profunda, drástica. De nuevo, textualmente, la señora dice: “Si tenemos el valor y la voluntad real, hoy mismo podríamos dar pasos firmes para hacer los cambios profundos y necesarios para construir la paz, la justicia y la reparación que México tanto necesita”.  De acuerdo aquí sí con la doctorante Piña: es necesario hacer cambios profundos para construir un sistema eficiente de justicia, porque el que tenemos no sirve. Eso sí, uno debe preguntarse por qué no hicieron antes esos cambios desde el mismo Poder Judicial, ¿les faltaría “valor y voluntad real”? En fin, ya no importa, porque la soberanía popular afortunadamente expresó que la gran mayoría tiene hoy el valor y la voluntad real de realizar cambios profundos. Eso es el Plan C.

    El video de la ministra Piña dura cinco minutos. Y en conjunto, con todo respeto también, con el mismo que ella califica de “narrativa fácil” las críticas que se hacen a jueces y ministros, digo que es impresionante la enorme vacuidad que llena a la señora Norma Piña. Cada que sale a declarar para tratar de detener el trabajo del Poder Legislativo muestra que no tiene ningún argumento, ni siquiera argucias. Sólo profiere lugares comunes que poco o nada tienen que ver con la discusión; en realidad toda su postura se reduce a no me quiten de aquí y no me quiten los privilegios de los que gozo.

    En fin, todo indica que, por decirlo bonito, aún no han logrado darse cuenta de lo que está ocurriendo. La senadora Citlali Hernández lo expresó el domingo mismo mucho mejor: “no entienden el momento histórico que estamos viviendo”. Y desde esa falta de comprensión, pues ni norman ni piñan a nadie.

    • @gcastroibarra
  • Pequeño diccionario de figuras retóricas II

    Pequeño diccionario de figuras retóricas II

    anáfora.

    RETÓR. Figura de lenguaje que consiste en repetir idénticas palabras al comienzo de versos sucesivos.

    v. g.:

    Jueces y ministros se aferran a su hueso
    Jueces y ministros se aferran a su casa
    ¿La casa de los famosos?
    La casa de los mafiosos
    La casa de los rabiosos
    La casa de los tenebrosos
    La casa de los tramposos
    La casa de los golosos
    La casa de los furiosos
    La casa de los alevosos

    anagrama.

    GRAM. Palabra que resulta de transponer las letras de otra.

    v. g.: Alito Moreno / Malitó o Nero; Marko Cortés / Mr. Sor Cakote

    anfibología.

    RETÓR. Figura de lenguaje que consiste en utilizar giros o expresiones a los que puede darse más de una interpretación. Ambigüedad. Doble sentido.

    v. g.: No norma, ¡piña! / A las raquíticas atípicas de la mesa.

    asteísmo.

    RETÓR. Figura de pensamiento que consiste en una alabanza con apariencia de censura o vituperio; es una suerte de ironía al revés.

    v. g.: La arrogancia de sentirse libres

    auxesis.

    RETÓR. Tropo, emparentado con la hipérbole, que consiste en enaltecer una cosa trivial o ridícula.

    v. g.:

    Al juez que perdió el juicio
    Juez loco de toga ciega,
    cabeza sin tribunal,
    sentencia del bien al mal,
    la balanza te reniega.

    Tu justicia, vil bodega,
    de locura y de arrechucho,
    carnaval de cal y mucho,
    giras normas con patada,
    y al derecho das la espalda,
    con martillo y sin serrucho.

    cacofonía.

    Desagradable repetición de sonidos producida por la inadecuada combinación de las palabras. Cuando la repetición de sonidos persigue un fin expresivo constituye la figura de lenguaje llamada aliteración.

    v. g.: La desatinada flecha de la hueca derecha chueca / Ni picha ni cacha la cucaracha facha, ¡qué gacha!, su mancha ensancha.

    cacosínteton.

    GRAM. Figura de construcción, también llamada cacosintetos, que consiste en dislocar las palabras o en separar miembros de los períodos de manera caprichosa, haciéndoles perder claridad y sentid

    v. g.: Vamos ya en el Plan C, sí. Que el Plan A, y el Plan B, dijeron que malos eran. Y ahora, muy gallas, las gallinas se hacen pato, no saben de qué les estamos hablando.

    calambur.

    RETÓR. Figura de lenguaje que consiste en agrupar las sílabas de una o más palabras de manera que tengan un nuevo significado.

    v. g. Tú y yo, ¡los dos del sur! Del sur dos zurdos / ¡Vaya semanita!, mejor váyase, manita! / El opinócrata Enrique Cimiento escribe a su Eldo querido. / Más que ser vil, es servil.  

    carientismo.

    RETÓR. Figura de pensamiento que consiste en disimular la ironía o la burla mediante expresiones ingeniosas.

    v. g.: Los megamillonarios son tan modestos y mesurados que cada vez son menos

    catáfora.

    RETÓR. Figura de pensamiento que consiste en colocar el término principal (normalmente el sujeto) al final del enunciado, de modo tal que el sentido sólo se completa cuando se llega a él.

    v. g.: Ahí seguía sin querer soltar el hueso, el supuesto guardián de la ley, el que se creía más estudiado y listo que nadie, y mira cómo acabó: un juez sin juicio. / Ya sacaron de cuadro a la que hablaba y hablaba saturando las pantallas: la cesada la docta doble D.

    cazabobos.

    Es lo que su nombre sugiere y se llama así a las palabras engañosas. Éstas son las que por su forma inducen, a quien no conoce su significado, a interpretarlas de manera errónea.

    v. g.: Fernández Noroña aplica uno frecuentemente cuando llama paniaguados a los panistas, lo cual no es llamar aguados a los susodichos. Paniaguado, da: 1. Persona que servía en una casa y recibía del dueño de ella habitación, alimento y salario. 2. despect. Persona allegada a otra y favorecida por ella.

    cazafatón.

    RETÓR. Figura de lenguaje, variedad del calambur, que consiste en agrupar sílabas de palabras contiguas de manera tal que formen una palabra o expresión soez o de sentido escatológico.

    v. g.: Las togas y los tejos: con la toga ella se armó. Y si nadie con el tejo dio, ella sí: yo con el tejo di.

    circunlocución.

    RETÓR. Figura de pensamiento, también llamada perífrasis, que consiste en expresar mediante un rodeo de palabras algo que puede decirse de manera sencilla.

    v. g.: Digamos que los deslavados togados están excoriando por encimita con las menudas partes de sus cuerpos, duras y de naturaleza córnea, esas que nacen y crece en las extremidades de los dedos, las gónadas masculinas del conocido mamífero carnívoro félido asiático de rayada investidura.

    cliché.

    Idea o expresión de utilización frecuente, estereotipada, que, desgastada por el uso, pierde relieve, fuerza, contenido; forma de expresión predilecta del conservadurismo mexicano contemporáneo. 

    v. g.: Se lanzó en contra de… desde el púlpito de Palacio / Nos vamos a convertir en Venezuela / Al pobre no hay que regalarle pescado… etc. / López polariza.

    concatenación.

    RETÓR. Figura de lenguaje, también llamada epanástrofe, que consiste en una conduplicación repetida.

    v. g.: En México hoy, el ladrón llama pillos a quienes lo atraparon; el transgresor reclama legalidad a la soberanía popular; el favorecido, imparcialidad al sistema; el agresor, indulgencia al agredido; los victimarios, justicia sus víctimas.

    • @gcastroibarra
  • Pequeño diccionario de figuras retóricas I

    Pequeño diccionario de figuras retóricas I

    Mi buen amigo y colego Sergio Macías publicó ayer aquí un falso diccionario. El atinado ejercicio léxico me deparó sabroso solaz y una (espero que buena) idea; agradezco el primero y someto a su parecer la segunda: esta primera entrega de un pequeño diccionario de figuras retóricas.

    acumulación

    RETÓR. Figura de pensamiento que consiste en una sucesión de términos, que pueden estar unidos mediante conjunciones, o no.

    v.g.: ¡Conservas, qué lata! Tecnócrata y sociópata, mala pata, garrapata, oligarca papanata y cleptócrata dizque aristócrata. 

    adagio

    RETÓR. Sentencia breve y aguda que expresa un conocimiento o consejo, por lo general de carácter popular. Es una figura de pensamiento, también llamada refrán.

    v.g.: Con el pueblo todo, sin el pueblo nada. / Por el bien de todos, primero los pobres. / No puede haber gobierno rico con pueblo pobre.

    adínaton

    RETÓR. Tropo preferido del conservadurismo, emparentado con la hipérbole, que consiste en presentar como posible un hecho imposible. 

    v.g.: Nos vamos a convertir en Venezuela. / Retrocedimos a los años 70.

    aliteración

    RETÓR. Figura de lenguaje –fónica– que consiste en la repetición de un sonido o un grupo de sonidos –en especial consonánticos– en palabras próximas, en busca de un fin expresivo.

    v. g.: Me canso ganso. / El que se aflige se afloja.

    alusión

    RETÓR. Figura de pensamiento que consiste en referirse a una persona o cosa sin mencionarla.

    v. g.: YSQ

    ambigüedad

    RETÓR. Figura de lenguaje que consiste en utilizar giros o expresiones que pueden interpretarse de diferentes maneras y generar duda o confusión. Anfibología.

    v.g.: Los conservadores son tóxicos.

    EL PAN SE ECHÓ A PERDER.

    Nota: no confundir la figura retórica de la ambigüedad con estupideces palmarias; una anfibología, para hacerlo, tiene que ser propositiva. v.g. La elección democrática de los jueces pone en riesgo la democracia. La idea de que un proceso democrático (la elección de jueces) pueda poner en riesgo la democracia misma es inherentemente contradictoria y genera una tensión lógica.

    anacenosis

    RETÓR. Figura de pensamiento que consiste en una consulta efectuada por el orador a los jueces, cuando confía en la justicia de la causa. 

    Nota: recurso empleado frecuentemente por el presidente AMLO y la presidenta electa Claudia. v. g.: ¿Están de acuerdo con que el pueblo elija a los jueces? (curiosamente, en este ejemplo, los jueces no son los jueces, sino la gente).

    antanaclasis o antanáclasis

    RETÓR. Figura de lenguaje que se produce cuando, en un diálogo, se repite una palabra con sentido diverso al que antes se le dio.

    v.g.: — La derecha no siempre es la diestra. — Pues la izquierda nunca es siniestra.

    antífrasis

    RETÓR. Figura de pensamiento que consiste en designar personas o cosas con nombres que significan lo contrario de lo que se quiere decir; es una ironía.

    v.g.: La historia tiene sendos lugares reservados para el inteligentísimo señorito Cortés, para el honesto señor Moreno y el digno C. Zambrano.

    antilogía.

    RETÓR. Contradicción entre dos textos o expresiones. 

    v. g.: La candidata ciudadana del PRIAN.

    antimetábola

    RETÓR. Figura de lenguaje que consiste en trocar, en forma de quiasmo, palabras previamente usadas, para que varíe la significación del enunciado.

    v. g.: No es insignificante que Creel juzgue insignificante a la bancada del PAN.

    antipófora

    RETÓR. Figura de pensamiento que tiende a preocupar la imaginación del adversario por medio de preguntas y respuestas sucesivas que el orador mismo expone. Se trata de uno de los recursos favoritos, por no decir machacones, de la prensa sicaria y sus expertos que no se cansan de hacer preguntas que nadie se pregunta.

    v.g.: ¿Es posible que una nueva epidemia detenga el crecimiento económico, congele el aparato productivo y por ello se dispare la pobreza y nos cargue el diablo a todos? Sin duda, un grupo de expertos asegura que el gobierno no ha hecho nada para evitar el colapso de nuestra economía en caso de ocurrir una hecatombe epidemiológica.

    antítesis

    RETÓR. Figura de pensamiento lógica –antiguamente, antíteto–, que consiste en reunir palabras o conceptos de significación contraria, para que se destaquen por el contraste. Ver oxímoron, paradoja.

    v. g.: Mexicanos contra la corrupción y Claudio X. González 

    antonomasia

    RETÓR. Tropo que consiste en emplear el apelativo en lugar del nombre propio de una persona, o a la inversa, el nombre propio por el apelativo.

    v. g.: El Trastorna publicó otro infundio (por El Reforma) / El señor Inmundo Rabia a Palacio o algo así, el sabiondo comentócrata que dijo que la verdad ya es irrelevante, publicó un bodrio editorial esta semana titulado El Nerón de Macuspana.

    apodiosis

    RETÓR. Figura de pensamiento que consiste en rechazar un argumento sin dar razones, con el pretexto de que es absurdo.

    v. g.: Antes de que inventara el cuento loco del algoritmo, Ferriz y sus contertulios atípicos usaron la apodiosis consuetudinariamente para negar los resultados de los comicios del 2 de junio: No puede ser, no tiene sentido, ni en sueños, es absurdo/imposible/desquiciante ese resultado.

    aposiopesis

    RETÓR. Reticencia. Figura de pensamiento que consiste en interrumpir el discurso con un silencio, pero dando a entender lo que se calla. Uno de los recursos que mejor ha sabido emplear el presidente López Obrador durante sus mañanera: Mejor ahí la dejamos…, dice, cuando ya la dejó ir…

    apotegma

    RETÓR. Dicho breve y sentencioso que enseña alguna norma de conducta; máxima. Se llama así, en especial, cuando es de la autoría de un hombre ilustre. Es una figura de pensamiento.

    v. g.: El triunfo del conservadurismo es moralmente imposible.

    armonía imitativa

    RETÓR. Figura de lenguaje que consiste en cierta conveniencia del tono o modo de decir con la índole del pensamiento que expresa.

    v. g.: Ahora sí te rayastes.

    • @gcastroibarra
  • Venados lampareados

    Venados lampareados

    Sometimes a man wants to be stupid
    if it lets him do a thing his cleverness forbids.”

    John Steinbeck, East of Eden.

    Quienes se autoproclamaban miembros del exclusivísimo “círculo rojo” —Aguilar Camín dixit auctoritas— andan dando tumbos como venados lampareados. Quizá la expresión resulte nebulosa para los menos añosos…

    Dando tumbos es una frase que sugiere un movimiento irregular o vacilante, como el que ocurre cuando alguien se desplaza de un lado a otro sin control, tambaleándose como un borracho o una persona que acaba de recibir un buen porrazo en la cabeza. En cuanto a los venados lampareados, la expresión alude, en efecto, a lo que sucede cuando un ciervo es deslumbrado por una luz demasiado intensa, como la de las lámparas LED: el deslumbramiento provoca que el animal quede fatalmente desorientado, se mueva de forma errática y no pueda actuar con la precisión o el control habitual. Y digo fatalmente porque la expresión tiene su origen en la cacería; de hecho, el verbo lamparear significa precisamente “cazar o pescar con la ayuda de una lámpara”. En este caso, la luz obnubila, es decir, nubla, paradójicamente, oscurece. Obnubilar significa “cubrir con una nube”: algo, la realidad en general, queda oculto u oscurecido por un nubarrón. Así que resulta muy pertinente referirnos a las señoras y señores opinócratas conservadores como venados lampareados: la mucha luz que están muy seguros de tener los ha obnubilado.

    Peor aún, las y los opinócratas conservadores andan como venados lampareados desde hace ya mucho tiempo, años. El efecto del paso del tiempo sin salir de esa condición ha sido el mismo que el que sufre habitualmente un beodo. Como bien se sabe, la ebriedad se presenta en varias fases: en la primera, el ebrio se da cuenta de que está perdiendo el control, pero después, deja de ser consciente de su propio aturdimiento. En la primera fase de una borrachera, el alcohol produce sensaciones de bienestar, relajación y disminución de la inhibición: euforia y relajación, como la que mostraba el aludido escritor chetumaleño cuando en una videoconferencia con sus pares llamó “pendejo” al presidente y espetó desafiante: “Este gobierno tiene totalmente perdido el pleito contra en lo que durante la época de Fox se llamaba el ‘círculo rojo’. Lo tiene totalmente perdido”. Desgraciadamente, durante una embriaguez, después de la primera se sucede una segunda fase de alteración de la coordinación y el juicio, y luego una tercera, de confusión y somnolencia.

    Pasan y pasan los días después de los comicios del 2 de junio, y la comentocracia conservadora sigue lamentablemente desjuiciada, confusa y regodeándose en su debacle, deleitándose en su propia ruina, complaciéndose en su desventura. La realidad les produce enojo, ira, y los ofusca a todos ellos. Ofuscar significa deslumbrar, turbar la vista, cegar, encandilar o traslumbrar. Puede también significar oscurecer el significado pretendido de una comunicación, enturbiar el mensaje para que sea difícil de entender, generalmente echando mano, lengua en este caso, de palabrería caliginosa y ambigua. Así que, por sus despropósitos y declaraciones desde la obnubilación y el ofuscamiento, tiene rato ya que exigen cada vez menos el análisis desde la ciencia política y cada vez más desde las disciplinas que estudian los desequilibrios y trastornos mentales. Por ello, me resultó grato y sorprendente que, apenas ayer, después de escuchar a una señora comentócrata divulgada por Latinus en un pequeño clip que pepené en X, terminó de caerme un veinte.

    Más allá de su nombre, el cual desplegó en pantalla la producción de la mencionada plataforma, no sé nada de ella. Bien, Carolina Hernández discurrió así:

    Aquí en esta mesa se entienden cosas súper obvias. ¡Es obvio la sobrerrepresentación! Yo me tardé tres días y tengo un montón de apuntes para entenderla. Aquí es obvio un montón de cosas. Afuera no es obvio un montón de cosas. ‘Tonces, cuando dicen, ¿a poco votaron para que los jueces fueran elegidos? Pues no, no votamos por eso, votamos porque nos dijeron, bueno, les dijeron que iban a mejorar la justicia…

    Pasando por alto la curiosa idea que tiene la señora Hernández de lo que es obvio —¡dice que tardó tres días en entenderlo!—, es obvio —muy claro o que se entiende sin dificultad— que, en pocas palabras, la opinócrata afirmó que mientras que ellos, es decir, los que se sientan en esa mesa —en pantalla los mostraron a todos, asintiendo muy complacidos: Jesús Silva Herzog Márquez, Lorenzo Córdova y, but of course, Denisse Dresser y Aguilar Camín— son muy inteligentes, entienden y tienen la razón, todos los demás —los de afuera… de esa mesa— somos unos idiotas que no entendemos las cosas obvias y a quienes el malvado López Obrador nos engatusa para tomarnos el pelo.

    Dije que con la alocución de la señora Hernández terminó de caerme un veinte, porque poco antes había escuchado un extracto de la participación en esa misma mesa —parece que en la misma emisión— de Aguilar Camín, quien dijo, evidentemente muy enojado: 

    El hecho de que la población no entienda lo que va a pasar no quiere decir que nuestro diagnóstico sea falso. Nuestro diagnóstico es correcto. La población lo puede o no entender. Lo que va a pasar es una autocracia legal, una dictadura.

    Hasta ahí dejo el extracto —luego externaría su nostalgia por el PRI y el porfiriato, aunque usted no lo crea—. El novelista en lugar de decir que “la población” —de la cual, claro, ellos están escindidos— no está de acuerdo con su “diagnóstico”, dice que no entiende, que no tiene razón. No lo externa tal cual, pero está implícito, que siendo “la población” la bruta, es la mayoría, la mayoría que democráticamente votó por Morena y sus aliados y así por la 4T y el Plan C. Los que están más allá del perímetro de su círculo rojo, los de afuera de esa mesa, la población, los que no entienden.

    La señora Carolina Hernández y el señor Héctor Aguilar Camín confunden razones y voluntad. La mayoría democrática expresó su voluntad, no se presentó a las urnas a explicar sus razones. La doctora DD, el señor Córdova y demás opinócratas de Latinus podrán no estar de acuerdo conmigo y con usted y con millones de ciudadanos más en que urge una reforma judicial, en que es correcto que se elijan democráticamente a los jueces…, pero esa discusión ya se dio y producto de ella fue la expresión de la voluntad popular: el Plan C va.

    Como venados lampareados sostienen que “la población” es estúpida y que democráticamente votó por una dictadura. Por supuesto, tienen todo el derecho a pensar chueco.

    • @gcastroibarra
  • Saldo

    Saldo

    Andrés Manuel se va. Llega a buen puerto el primer gobierno federal de la 4T.

    Aún no es tiempo de hacer historia, para ello hace falta justo eso: tiempo. Pero es pertinente hacer algunos cortes de caja. No pretendo ser ordenado ni exhaustivo, pero no quiero dejar pasar la oportunidad de documentar en caliente.

    Un saldo a favor del sexenio de AMLO es que les tumbamos la máscara a un montón de reputados “intelectuales”. Resulta que ni eran tan inteligentes, ni eran democráticos y mucho menos independientes. Y sí, estoy pensando en las dos mafias culturales más poderosas del país, ambas con letras no libres de nexos con el prianismo.

    Otro: casi todos los editorialistas y columnistas más leídos y mejor pagados, al igual que los comentócratas y lectores de noticias, quedaron al descubierto: no es cierto que estuvieran muy bien informados, tampoco que sean muy perspicaces… Durante los últimos seis años se ha evidenciado que no tienen ni idea de por dónde corre la liebre. Si antes de diciembre de 2018 a veces le atinaban, era porque publicaban lo que les “trascendían” desde alguna oficina de gobierno. 

    Llegamos al fin del gobierno y desde hace mucho quedó claro, dolorosamente para quienes vivían de ello, que ni el presidente ni nadie en el gobierno quieren empapelar la realidad publicando boletines a cambio de ráfagas de chayotes.

    En general, el balance en materia de comunicación social es muy positivo: se logró que la gran mayoría de la opinión pública se liberara de la tiranía mediática. Los resultados de las elecciones de junio lo acreditan. Poca gente ya se traga las mentiras, los bulos y las exageraciones de los medios tradicionales.

    Y no es que hayamos cambiado de factótum mediático. El presidente se ha encargado de impulsar la desmitificación de la política y del discurso gubernamental. AMLO le ha devuelto a la política su carácter público. La construcción social de la realidad es cada vez más, efectivamente, social. Y digo más: un saldo benéfico del gobierno de AMLO, el presidente más poderoso del México contemporáneo es, paradójicamente, la desacralización de la figura del presidente de la República.

    Hasta hace apenas seis años, cuando en México se mentaba al primer mandatario uno se refería al gran mandamás, no a quien, en virtud de un proceso democrático, se debe encargar de representarnos y gestionar en beneficio público los recursos de todos. Eso ha cambiado drásticamente. 

    En consecuencia, el primer gobierno de la 4T marcó el principio del fin de una añeja cultura de sometimiento. Antes de AMLO, el país podía estar cayéndose a pedazos, situación por la que a menudo pasábamos, y el presidente se mantenía incólume: humildad y presidente eran palabras contrapuestas; un servidor público era un tipo pasado de vivo que se servía del público, el gobierno era un mal necesario, la ciudadanía estaba acostumbrada a ser maltratada, la política era un oficio de leguleyos y malandros, y cualquier tarea de gobernanza era monopolio de unos cuantos. Hemos desmitificado a los expertos y especialistas, a los abogados que un día endiosan la ley y al día siguiente la quieren interpretar a modo, a los tecnócratas que juraban que no aumentaban los salarios para no afectar a la macroeconomía, a los empresarios, a los comunicadores, a los jueces… El día a día de un gobierno honesto y consecuente ha descarado que la oligarquía tenía secuestrada la administración pública y ha demostrado, además, hasta qué punto era tremendamente ineficiente.

    Nadie puede acusar al gobierno de represión o censura sin, al mismo tiempo, evidenciar que está mintiendo. Quienes lo hacen sólo exhiben ridiculez. Los abajofirmantes se fueron hasta abajo en cuanto a su capacidad de incidir en el ágora. El esfuerzo sostenido del presidente y su equipo también ha dejado al descubierto a los esbirros y a la gavilla de secuaces del prianismo que se hacían pasar como contrapesos al poder. Me refiero a los mismos personajes y organizaciones que han sido adversarios políticos de la transformación, primero en forma más o menos velada, luego ladina y hoy ya totalmente descarada. Caso ejemplar, Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad, que pretende pasar como una entidad apartidista, no gubernamental, de la sociedad civil, en fin, ciudadana, cuando en realidad fue sólo un mecanismo para que algunas empresas evadan impuestos y una eficaz proveedora de tímidas válvulas de escape para los gobiernos del PRIAN, pero al final comparsa del poder, mientras que desde 2018 no han sido otra cosa que guarida de adversarios políticos del obradorismo. Porque, por muy de rosita que se vistan, su postura partidista ha sido tan obvia que su dueño, el señor X. González, fue el mismo que se encargó de dirigir a la fracasada coalición PRI-PAN-PRD. Lo mismo podemos decir de varios medios y opinócratas —mentiría si digo que no pensé en Aristegui—, y demás personajes como comediantes y cantantes dizque ecologistas, dizque feministas, científicos, actores y actrices que estaban muy de acuerdo con la idea de que por el bien de todos primero los pobres… siempre y cuando no tocaran sus intereses y privilegios.

    Otro saldo. Seis años fueron suficientes para que se enterrara la ideología perversa del echaleganismo, así como el cuento menso, en realidad una coartada, de que el problema de la pobreza se resuelve enseñando a pescar y no regalando pescados. Quedó más que probado que, además de una enorme irresponsabilidad, fue un balazo en el pie no invertir en nuestra juventud. López Obrador no sólo paró de golpe el demérito sistemático a los jóvenes, dinamitó la autodenigración del mexicano que, desde el poder público se ejercía cotidianamente. Veníamos de padecer a un presidente que insultó a todos y todas nosotros, diciendo que, en México, en materia de corrupción, nadie estaba libre de culpa y que, por tanto, nadie podía lanzar la primera piedra. Y pasamos a un país en el que el primer mandatario, de lunes a viernes, muy temprano en la mañana, nos ha puesto frente al espejo para que constatemos que aquello era una enorme falsedad, una difamación, una estratagema para repartir culpas. A estas alturas ya no hay cómo se sostenga el infundio de que somos flojos y tranzas.

    Y pensando en la gente, en los 130 millones que somos, el gobierno de López Obrador ha significado un cambio radical de mentalidad: antes, desde el gobierno, la población se entendía como un problema. El sentido común hegemónico dictaba que somos demasiados, que si hay más población habrá menos recursos y más pobreza, que “ya no cabemos”, en fin…  Andrés Manuel ha dado un golpe de timón, en los hechos y discursivamente: la población dejó de entenderse como un problema para asumirse como lo que siempre ha sido, nuestro principal recurso. Nuestra riqueza somos nosotros.

    En menos de un sexenio se logró construir dos aeropuertos internacionales, uno de ellos enorme, un tren, una refinería, infraestructura hidráulica… No voy a enumerar todo lo que se hizo, sólo subrayo el saldo que queda incrustado en nuestra propia identidad: nos acercamos al cierre de 2024 y a la gran mayoría de la ciudadanía de este país le consta ahora que podemos realizar grandes proyectos, hacerlos bien y terminar a tiempo. El saldo en este renglón no se queda en el hacer, también alcanza el planear, el coordinar y el ejecutar… Con programas como La Escuela es Nuestra y La Clínica es Nuestra, las comunidades se hacen cargo de administrar y aplicar los recursos públicos de manera directa. La red de caminos artesanales es también prueba concreta de que podemos hacernos cargo.

    Después del fraude de 2006 muchas personas en nuestro país pensaban que votar de nada servía. En 2018 pasamos del voto inútil al voto útil, y en 2024, teniendo en la mira la continuidad de la 4T y el Plan C, pasamos al voto militante. Avanzamos de la democracia simulada y fallida, a la democracia representativa efectiva, y ahora a la democracia participativa.

    Dejo muchísimo fuera, pero sería absurdo terminar sin aludir el saldo más importante de todos. Nadie con dos dedos de frente puede negar que Andrés Manuel López Obrador se irá en unos días a su finca de Palenque después de haber iniciado la revolución de las conciencias. Más allá de los cambios concretos, que son muchos y muy importantes, la cantidad de semillas que han quedado sembradas es impresionante. AMLO prometió esperanza, y cumplió.

    • @gcastroibarra
  • Las mañaneras desPejeadas

    Las mañaneras desPejeadas

    Desde los días iniciales del primer gobierno federal de la 4T, las evidencias apuntaban para allá. Y a medio sexenio, la cosa fue ya palmaria para quienes tuvieron ojos para ver y oídos para escuchar: quedó sobradamente claro, y todos, incluidos los adversarios declarados de Andrés Manuel López Obrador y hasta sus más enconados malquerientes, por no hablar de la mayoría de la gente que lo apoya, todos entendimos las mañaneras como parte sustantiva de la renovada vida pública de nuestro país. Desde diciembre de 2018, ni tiros ni troyanos han podido obviarlas.

    A medio camino, en diciembre de 2021, decía yo que las mañaneras se habían convertido en nuestra ágora, en el sitio y la ocasión en la que se ventilan los asuntos públicos de interés nacional. De lunes a viernes nos hemos encontrado al primer mandatario a tiro de piedra, atendiendo personalmente, cara a cara, a la prensa, sin que antes se hayan acordado las preguntas, sin mayor aparato de producción diseñado para apantallar con magnas escenografías y artilugios estrambóticos. Hoy las mañaneras son parte de nuestra vida cotidiana, pero hace apenas seis años ni los medios de comunicación ni la burocracia ni la ciudadanía en este país estábamos habituados a un ejercicio de esta naturaleza. En buena medida porque nuestra relación con los presidentes era igual a la que se tienen que ajustar los espectadores con actores, comediantes y demás celebridades. En la Presidencia de la República no despachaban seres humanos, sino histriones, intérpretes de spots, figurantes de eventos en los que cada detalle se pensaba para hacerlos lucir fuertes, inteligentes, buenos, justos, superdotados, infalibles…; personajes que no eran personas de carne y hueso, sino productos de una producción. Las contadas veces que se decidían a salir a la palestra todo tenía que estar bajo control, desarrollarse siguiendo un guion, incluso la mayoría de las veces ensayado. Era absolutamente impensable que cualquier participante tratara de hacer algo fuera de lo programado, ya no digamos que intentara poner en aprietos al presidente, discutir con él, increparlo… Así era hasta hace poco… Por eso, el desconcierto no fue menor cuando, de buenas a primeras, tenemos diariamente en la mañana a un señor que, sin más, llega y dice buenos días y se pone a disposición de los periodistas que se animaron ese día a madrugar… Por supuesto, el hombre es como cualquier otra persona, normal quiero decir, así que a veces llega de buenas y a veces no tanto o incluso de malas, y eso resulta evidente, se le nota, igual que algunas veces se puede apreciar —no hay actuación— que amaneció indispuesto o ronco o de plano enfermo… Entre quienes detestan a AMLO abundan los que lo llaman a él “tlatoani” y a las conferencias “su púlpito”, pero lo que hemos presenciado es justo lo contrario: la desacralización del presidente. Las mañaneras son todos los días, no son eventuales, son cotidianas, no pueden ser especialmente cuidadas, al menos no en lo que respecta a la presencia del presidente López Obrador; no es extraño que de vez en cuando salga a cuadro con la corbata mal ajustada, por ejemplo. Antes era imposible que el primer mandatario en turno, entonces sí el tlatoani, apareciera en la televisión con mácula alguna, simple y sencillamente porque lo que veíamos era, repito, una producción, una realidad montada, el trabajo de un montón de gente que implicaba horas y horas y al que se le invertían un demonial de recursos. Así que el doblez del pantalón o lo bien o mal boleado de los zapatos no ocurrían y no eran tema. No olvidemos que todo lo que aquellos personajes salían a declarar había sido escrito antes, siempre por otra persona y no pocas veces por una tropilla de estresados funcionarios. Unos mejor que otros, pero todos, desde hace varias administraciones solían usar teleprompter. En cambio, la espontaneidad a AMLO le abonó más credibilidad. Por lo demás, si antes de diciembre de 2018 no era extraño que el Peje impusiera la agenda nacional, es decir, desde la oposición y con todos los medios de comunicación en su contra, desde la Presidencia, prácticamente no la ha soltado nunca. Además, durante toda la semana, desde muy temprano, establece los tiempos y jerarquiza los temas de interés público. Esta situación no sólo se debe a la destreza política y comunicacional de AMLO, interviene también una oposición vacua y contestataria…, perdón, sólo contestataria, que se limita a contestar, a replicar, pues. El acontecer del día comienza con las novedades que se difunden desde las mañaneras, así que desde hace tres años los periódicos casi se volvieron inútiles. 

    Grandes beneficios han traído las mañaneras, en principio, la vuelta al terreno de los asuntos de interés público de la cosa pública. No es un juego de palabras: venimos de un período durante el cual el público chismeaba sólo de cosas privadas, mientras que de la cosa pública, de la política, mejor no se hablaba…, eso era privado.

    Ahora que la presidenta electa Claudia Sheinbaum ya confirmó que atenderá lo que la encuesta que se hizo exprofeso arrojó, esto es, que siguen las mañaneras, me animo a dejarle aquí solamente un par de sugerencias:

    • Discrepo totalmente de quienes dicen que la presidenta está obligada a marcar o hacer diferencias con respecto a AMLO, que porque Claudia no es Andrés Manuel. Pues claro, Claudia no es Andrés Manuel, ni es él ni es ninguna otra persona, Claudia es Claudia. Eso es obvio, palmario, así que no se requiere imprimir esfuerzo alguno para hacerlo notar. Por ello mismo, no está obligada a cambiar nada de la mañanera sólo con el propósito de que sea diferente. Será necesariamente diferente, aunque se trate de conservar el formato, porque serán mañaneras desPejeadas, porque las encabezará ella, porque parten, no como hace seis años, de un ejercicio conocido y de probada utilidad cívica.
    • Pienso que lo que más tiene que cuidar, conservar y fortalecer es el rol de las mañaneras como el asidero de certidumbre política del día a día mexicano. Me explico: desde hace mucho ocurre que ante cualquier posible discrepancia al interior de las huestes del cuatroteísmo, ante cualquier alerta roja nacional o internacional, ante cualquier ataque o infundio de la oposición facha, ante cualquier oleaje no previsto en la travesía, la gente cauta suele pensar o de plano expresar: — Bueno, a ver mañana que dice el presidente… Y sí, la estrategia ha funcionado: al otro día, AMLO responde, opina, sugiere, informa, confronta, manifiesta una postura política. Es decir, ejerce su liderazgo. Y en este caso, tampoco es difícil que Claudia lo consiga, porque, aunque parezca una tautología, resulta que lo único que tendrá que hacer, ni más ni menos, es eso: ejercer su liderazgo todos los días y a primera hora.
    • @gcastroibarra
  • Viruta, metástasis y nada

    Viruta, metástasis y nada

    El martes, un grupito de siete individuos se presentó en el Instituto Nacional Electoral para exigir que se cometa una ilegalidad. En concreto, el minúsculo hatajo de ciudadanos quiere impedir que Morena y sus aliados, el Verde y el PT, consigan la mayoría calificada en la Cámara de Diputados, para lo cual demandan que no se cumpla la ley. Efectivamente, Beatriz Pagés, Fernando Belaunzarán y adjuntos acudieron al INE a ejecutar la más reciente maroma de la derecha; a saber: de “la ley es la ley” a “el espíritu de la ley no dice lo que dice la ley”. Arguyen que donde la ley dice textualmente “partido político”, el espíritu de la ley en realidad quiere decir coaliciones. Así, esta gente demanda al INE que no conceda a dichos partidos la cantidad de diputados que les corresponde de acuerdo con los resultados de las elecciones y a lo que, a la letra, mandata la Constitución. Se sumaron así al sobreberrinche que la oposición lleva días montando. Más que la tontería que fueron a proferir los aludidos demandantes, quisiera más bien que nos cuestionáramos quiénes son o a nombre de quiénes acudieron. Los medios tradicionales se apresuraron todos a darle difusión al encuentro señalando al multi aludido grupúsculo como portavoz de “las agrupaciones ciudadanas que conforman la Marea Rosa”. ¿Eso representan? Pues que sí, que a la Marea Rosa, que a Unidos, que a Poder Ciudadano, que al Frente Cívico Nacional, que a Sí por México, que a Une México, que a 1-2-3 Por Todos mis Enojados Compañeros, en fin, que por nombres desfondados no paran. Pero en realidad, ni ese efímero muégano, la susodicha Marea Rosa, ni ninguna de las demás pretendidas agrupaciones —en las que se agrupan siempre las mismas finísimas personas— no son, ninguna, una organización política formal, estructurada y mucho menos registrada en el INE. Todos estos personajes no son más que viruta partidista, serrín del ya extinto PRD, del zombi PRI, del desahuciado Acción Nacional. No son nada. Sería mucho más verosímil si se presentaran como parte del elenco del Atypical de Carlos Alazraki.

    Y hablando de atípicos… Ese mismo día, alguien tuvo a bien postear en Twitter un fragmento de una de esas transmisiones del señor Alazraki, en la que él y Javier Lozano comentaron el viaje fallido de Vicente Fox a Caracas. Ya saben, el gobierno venezolano no lo dejó entrar al país a dizque observar la jornada electoral del domingo. El video resulta sorprendente y digno de mención porque muestra a las claras cómo el mermadísimo conservadurismo mexicano ya está en fase de metástasis. Lozano imitó a Fox, no mal por cierto, se burló despiadadamente de su torpeza y de paso llamó al aún presidente nacional del PAN, Marko Cortés, “el otro pendejo”. Y Alazraki le festejó las burlas e insultos.

    Hablando de Marko Cortés, conviene recordar que hace unos días, durante una entrevista televisiva con René Delgado, el michoacano tuvo la suficiente ingenuidad —y sí, estoy usando un eufemismo— como para sincerarse y, según él en plan autocrítico, decir que el primer error que en las elecciones pasadas tuvo la dirigencia del PRIAN fue…, textual: “No pudimos quitarle a nuestra candidata la perversa etiqueta de ser la del PRIAN. Ella no era del PRIAN, ni siquiera del PAN era. Ella era de la sociedad. No logramos comunicarle a la gente que ella era la que nos pedían”. Traduzco: el dirigente prianista confiesa que su principal fallo fue no haber logrado engañar al electorado convenciéndolo de que la candidata que competía por las siglas del PRI y el PAN era la candidata del PRI y el PAN. 

    El saldo del proceso electoral 2024 se frasea fácil. El PRD terminó de desaparecer, ya no es nada. El PRI quedó reducido a un raquítico botín que, entre los escombros, se está disputando una reducida gavilla, y pronto no quedará nada. Y el PAN, como dijo su propio dirigente, lo mejor que puede hacer es esfumarse, disfrazarse de “sociedad civil”. Hoy la oposición partidista más que estar pensando en cómo ganar espacios vive el día a día cada vez más cerca de convertirse, en el mejor de los casos, en parte de la dichosa Marea Rosa… Más tumulto para la nada.

    ¿No son nada? Bueno, el triunfo de la doctora Sheinbaum fue contundente. La 4T arrasó. 36 millones de votos, 19 millones y medio de votos por arriba de la candidata del PRIAN, más de 32 puntos porcentuales de diferencia.

    Sin embargo, existen. Los 16 millones y medio de ciudadanos y ciudadanas que votaron por Xóchitl Gálvez son muchos, un montón, demasiados… Conforme se apaciguan las aguas de las campañas, conforme pasa el tiempo y cada quien va mostrándose tal cual es, cada vez me inclino más a pensar que buena parte de quienes votaron por la señora X, quizá incluso la mayoría, no votó por ella, sino en contra, y no en contra de la candidata de Morena, ni siquiera en contra de la 4T… La mayoría de ellos votó por la candidata del PRIAN para expresarse en contra de Andrés Manuel López Obrador. En efecto, considero que el factor aglutinante de mayor importancia entre esos 16.5 millones de hombres y mujeres es la tirria por AMLO. Eso fue lo que a duras penas cacharon los partidos políticos conservadores… Y ahora que Andrés Manuel se vaya a descansar, ¿qué diablos logrará el poder de convocatoria de la Marea Rosa? Nada.

    La oposición en México es cuantitativamente considerable, pero cualitativamente no existe, es una entelequia, un amasijo de odio y exigencias necias de privilegios perdidos. Son demasiados y no son nada. Sea cual sea el número de plurinominales que obtengan, serán demasiadas, conformarán no una sobrerrepresentación, sino una pseudorrepresentación. En gran parte de los casos, más allá de su pejefobia, no representan a nadie más que a sus propios intereses. En fin, yo sólo sé que son demasiados y no son nada.

    • @gcastroibarra