La crisis del agua ya no es una amenaza lejana: hoy, tres de cada cuatro personas en el mundo viven bajo condiciones de inseguridad hídrica. Ríos, lagos y acuíferos se agotan, la producción de alimentos está en riesgo y miles de millones enfrentan escasez cada año.
La crisis del agua dejó de ser una advertencia futura y se convirtió en una realidad cotidiana para millones de personas. De acuerdo con un reciente informe de Naciones Unidas, 75% de la población mundial habita en países catalogados con “inseguridad hídrica” o “inseguridad hídrica crítica”.
Una condición que refleja el desgaste acelerado de ríos, lagos, glaciares y acuíferos tras décadas de sobreexplotación y mala gestión del recurso. El documento subraya que alrededor de cuatro mil millones de personas enfrentan escasez severa de agua al menos un mes al año, mientras que amplias regiones del planeta consumen más agua de la que sus sistemas naturales pueden reponer.
Esta situación, definida por los especialistas como una “bancarrota hídrica”, pone en riesgo no solo el acceso al agua potable, sino también la estabilidad económica y ambiental de numerosos países. El impacto es especialmente grave en el sector agrícola, afecta más de 170 millones de hectáreas de tierras de riego operan bajo niveles de estrés hídrico alto o muy alto, lo que compromete la producción de alimentos.
A esto se suma la degradación del suelo, el agotamiento de las aguas subterráneas y los efectos del cambio climático, factores que generan pérdidas económicas superiores a los 300 mil millones de dólares cada año a escala global.
Además, cerca de tres mil millones de personas y más de la mitad de la producción mundial de alimentos se concentran en zonas donde el almacenamiento de agua es inestable o va en descenso. La salinización de los suelos ha deteriorado más de 100 millones de hectáreas agrícolas, reduciendo la capacidad productiva y profundizando la vulnerabilidad alimentaria en distintas regiones.
Ante este panorama, los investigadores de la ONU advierten que las soluciones tradicionales ya no son suficientes. El llamado es a abandonar la idea de “volver a la normalidad” y avanzar hacia una nueva agenda global del agua, enfocada en reducir daños, proteger ecosistemas y garantizar el acceso equitativo al recurso hídrico, antes de que la crisis alcance un punto sin retorno.
