Por: Frank Alvarado
El Santo pasó de los cuadriláteros a convertirse en un héroe popular, una figura que marcó la historia de la lucha libre y la cultura mexicana.
La figura del luchador ha acompañado al mexicano desde hace un siglo, uno de los ejemplos más emblemáticos de este fenómeno es El Santo, el Enmascarado de Plata, quien a 42 años de su fallecimiento, se mantiene como una leyenda de la lucha libre y un héroe nacional que forma parte de la cultura mexicana.
Nació el 23 de septiembre de 1917 en Tulancingo, Hidalgo, como el quinto de siete hijos. Desde temprana edad se trasladó a la Ciudad de México, donde descubrió su fascinación por la lucha libre, un espectáculo que comenzaba a consolidarse entre los sectores populares, marcando el camino de quien se convertiría en uno de los máximos exponentes del deporte-espectáculo en el país.
Debutó profesionalmente a los 16 años bajo el nombre de “Rudy Guzmán”, recibiendo apenas siete pesos por su primera lucha. Durante varios años adoptó distintos personajes sin lograr el reconocimiento. El punto clave llegó en 1942, cuando por recomendación de un cazatalentos, el 26 de julio se presentó por primera vez como “El Santo” en la Arena México, en una lucha de la cual salió vencedor. A partir de entonces, su carrera tomó un rumbo que lo colocaría en la cima de la lucha libre mexicana.
Pasó varios años como un luchador rudo, pero en 1962 decidió pasar al bando técnico debido al cariño del público y su consolidación como campeón nacional e internacional. A lo largo de su trayectoria obtuvo múltiples títulos, incluidos campeonatos de la NWA, además de ganar 16 máscaras y 21 cabelleras.
La leyenda de El Santo se expandió más allá del ring con su incursión en el cine, los cómics y la televisión. Protagonista de 52 películas desde 1958, combatió hasta seres sobrenaturales, cautivando a las generaciones.
Sin embargo, el 5 de febrero de 1984, a pocos dias de haber revelado su rostro en televisión nacional y justo después de realizar un acto de escapismo en el Teatro Blanquita, sufrió un infarto repentino que le arrebató la vida. El impacto fue inmediato y profundo en la sociedad mexicana, pues El Santo no solo era un deportista, sino un héroe en el imaginario colectivo, un personaje que llenó salas de cine y arenas a lo largo del mundo, al clamor del icónico grito de: “¡Santo! ¡Santo! ¡Santo!”.

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