Cuando estaba en la secundaria mis clases de historia universal eran amenizadas por un profesor que contaba los hechos como si hubieran sido escritos por un novelista. Sus historias me mantenían atenta a las antiguas civilizaciones que estudiábamos, la griega, romana, egipcia o hebrea. Recuerdo pensar en los siglos que habían de distancia hacia la época que en ese momento era la “actual”.
La idea de imperios era algo que quedaba fuera de mi pensamiento, no comprendía de qué forma una civilización se encargaba de expandirse. Yo asumía que los pueblos conquistados de la Europa occidental sólo cambiaban de mandato, de emperador o de alguna forma aceptaban la nueva organización de su sociedad. Claro, los libros de texto, las monografías, las bellas historias de mi profe no describían todos los detalles que hay detrás de eso.
Con el tiempo llegué a la Primera y Segunda Guerra Mundial, donde los hechos ya comenzaban a tener nuevas dimensiones porque el tiempo se acercaba a nosotros. Daba la sensación de que te pisaba los talones la historia, pero de algún modo siempre quedaba detrás, en tu mente inocente las organizaciones internacionales derivadas de ese suceso podrían prevenir un retorno a estas actitudes hostiles entre pueblos que dieron paso al derramamiento de sangre, pero esto no fue así…
Donald Trump está gestando una tensión mundial que pensamos que no tiene precedentes, observando el contexto que tenemos pienso que sólo estamos viviendo las consecuencias de aspectos sociales que poco a poco se han permitido. Martin Carnoy en “La educación como imperialismo cultural” publicado en los años 70’s del siglo pasado, apuntaba la manera en que la educación formal ha servido como eje troncal del dominio político y económico de buena parte de los países occidentales.
Uno de sus pupilos, el Doctor Carlos Ornelas, en alguna de sus clases nos invitaba a pensar en un concepto derivado de aquel el “neoimperialismo cultural”. Yo le dije que se podía pensar en una nueva forma de echar mano de herramientas culturales para borrar las identidades de diferentes pueblos y permitir el control desde ahora de todos los espacios sociales en donde llega a extender sus tentáculos el imperialismo. Pienso, por ejemplo, no sólo en la mercadotecnia de los productos alimenticios, los medios masivos de comunicación que generan una cultura pop estandarizada que se ajusta a cada público. Pero sobre todo en las culturas que quedan a la mano a través del internet.
La red nos permite que lleguen hasta nosotros ideas que se han construido sobre la prioridad imperialista de enaltecer y considerar como única la subjetividad de Estados Unidos. Hoy Trump piensa que ese neoimperialismo cultural le permitirá tomar como propio cualquier recurso y territorio. Yo me pregunto ¿cómo hemos resistido a esto o cómo podemos resistir a esa mancha que parece consumirnos a todos y pasa por cantantes, películas, comida, toda nuestra cultura? Lo que no calcula es que ya no es el único, el fenómeno de BTS no es aislado, está creciendo incluso en ese aspecto la lucha por el territorio cultural.
Hacemos comunicación al servicio de la Nación y si así no lo hiciéramos, que el chat nos lo demande.

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