La actividad sísmica de México es el resultado de su ubicación en el “Anillo de Fuego”

La ubicación geográfica de México lo sitúa en una de las regiones con mayor actividad sísmica en el mundo, debido a localizarse sobre el Anillo de Fuego conformado por cinco placas tectónicas. El país ha fortalecido su precaución de sismos mediante el monitoreo constante del Servicio Sismológico Nacional y una sólida cultura de prevención. 

La actividad sísmica en México es el resultado de su ubicación en el llamado “Anillo de Fuego“. El país se asienta sobre la interacción de cinco placas tectónicas principales: la Placa de Norteamérica, que se ubica en la mayor parte del territorio; la Placa de Cocos y Placa de Rivera, ubicadas en el Océano Pacífico, estas se deslizan debajo de la Placa de Norteamérica; la Placa del Pacífico y la Placa del Caribe, que ejercen presión en los límites noroeste y sureste, respectivamente.

El fenómeno más crítico es la subducción de la Placa de Cocos, que avanza entre 50 y 70 milímetros por año bajo la masa continental. Esta fricción acumula una energía descomunal que al liberarse genera los grandes sismos que se perciben en el país.Un sismo puede tener efectos radicalmente distintos dependiendo del tipo de suelo. El Valle de México es el ejemplo perfecto de este fenómeno. Debido a que la capital se construyó sobre el antiguo suelo de origen lacustre del Lago de Texcoco, el suelo blando actúa como un “amplificador” de las ondas sísmicas.

El caso más crítico es el de la Ciudad de México. Los depósitos de arcilla blanda derivados del sedimento lacustre actúan como una caja de resonancia que puede amplificar las ondas sísmicas hasta un 500%. Este fenómeno es particularmente peligroso para estructuras de mediana altura (entre 5 y 15 pisos), ya que la frecuencia de la vibración del suelo suele coincidir con la de los edificios, un efecto conocido como resonancia que fue el principal causante de los colapsos en el desastre de 1985.

En las costas del Pacífico, como en Oaxaca o Guerrero, aunque se encuentran mucho más cerca de los epicentros, el suelo es predominantemente rocoso o firme. Esta rigidez permite que la energía pase rápidamente sin magnificar las vibraciones, lo que explica por qué, en ocasiones, un sismo de gran magnitud causa daños estructurales menores en la costa que en la capital del país.

Finalmente, el norte de México se caracteriza por ser una región geológicamente estable y alejada de las placas tectónicas. Al poseer un terreno firme y no estar sujeto a las mismas liberaciones de energía sísmica que el sur de México, la intensidad percibida suele ser mínima, y los sismos fuertes son considerados eventos extremadamente raros.

La historia de México está puntuada por eventos sísmicos que han transformado su legislación y cultura. Aunque el registro moderno es de aproximadamente 450 años, eventos recientes han marcado un antes y un después en la prevención civil.

El 28 de marzo de 1787 se registró el sismo más potente registrado en México con una magnitud estimada de 8.6, generando un tsunami en las costas de Oaxaca. Las olas alcanzaron alturas de hasta 18 metros y el agua se internó entre 7 y 8 kilómetros en las costas de lo que hoy es Puerto Ángel y la Barra de Alotengo.

El 19 de septiembre de 1985 un sismo de 8.1 con epicentro en Michoacán devastó la Ciudad de México. Más de mil edificios colapsaron o sufrieron daños irreparables, incluyendo hospitales como el Centro Médico Nacional y el Hospital Juárez. Las cifras oficiales iniciales reportaron poco más de 3,000 decesos. Este evento impulsó la creación del Sistema Nacional de Protección Civil.

En septiembre de 2017 dos sismos de magnitud 8.2 y 7.1 causaron daños en el país. Se estimaron pérdidas económicas por $62 mil millones de pesos. Más de 180,000 viviendas resultaron dañadas en todo el país. El saldo total combinado fue de 471 fallecidos. El sismo del 19 de septiembre causó la mayoría de las muertes en la capital (228), mientras que el del 7 de septiembre afectó principalmente a Oaxaca y Chiapas.

El Servicio Sismológico Nacional, fundado en 1910 y operado por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), es el encargado de monitorear los movimientos telúricos del país las 24 horas. Con casi 100 estaciones distribuidas por todo el país, el servicio reporta un promedio de 60 sismos diarios, la mayoría imperceptibles para la población.

Este monitoreo se complementa con el Sistema de Alerta Sísmica Mexicano (SASMEX), cuyos sensores en la costa del Pacífico detectan el inicio de un sismo fuerte y envían una señal de radio que llega a las ciudades antes que las ondas sísmicas, otorgando una ventaja vital de entre 60 y 80 segundos.

La ciencia coincide en que los sismos no se pueden predecir, pero sus consecuencias se pueden prevenir. La evolución de los códigos de construcción en México es hoy una referencia internacional, exigiendo estructuras capaces de disipar la energía sísmica sin colapsar.

La seguridad comienza mucho antes de que suene la alerta sísmica. La preparación debe ser un hábito compartido en el hogar y el centro de trabajo. Identifique las zonas de menor riesgo dentro de su inmueble (columnas, trabes o muros de carga) y las rutas de evacuación más rápidas. Es vital realizar simulacros periódicos para reducir el tiempo de respuesta. Revise periódicamente las instalaciones de gas, luz y agua. Un sismo puede convertir una fuga pequeña en un incendio o inundación. Asegure muebles pesados (libreros, vitrinas o cuadros) a la pared para evitar que caigan sobre las personas. De ser posible, tenga a la mano una mochila de emergencia que contenga agua embotellada, alimentos no perecederos para al menos tres días, botiquín de primeros auxilios y medicamentos específicos si algún familiar los requiere, radio de pilas y linterna con repuestos, copia de documentos importantes (identificaciones, escrituras, pólizas) en una bolsa hermética o en una memoria USB, un silbato para señales de auxilio y una manta ligera.

La actividad sísmica en México es un fenómeno inevitable derivado de la compleja interacción entre cinco placas tectónicas, cuya peligrosidad se ve acentuada por condiciones geológicas locales que amplifican las ondas sísmicas en regiones críticas como el Valle de México. Gracias a la ciencia del Servicio Sismológico Nacional y la cultura de prevención colectiva, estos son los pilares fundamentales para salvaguardar la vida.

– A.P.R.

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