Académicos documentan que el gobierno de Felipe Calderón pasó de la parálisis internacional al activismo de última hora, con una diplomacia errática, subordinada a EUA y marcada por la violencia interna.
La política exterior durante el sexenio de Felipe Calderón (2006-2012) fue, en términos generales, un ejercicio de sobrevivencia política más que de estrategia internacional, condicionada por la crisis de legitimidad, la guerra contra el narcotráfico y una dependencia casi automática de Estados Unidos.
El arranque del sexenio fue de perfil bajo y silencios incómodos, producto de una elección fraudulenta, un país sumido en la violencia y una crisis económica internacional que terminó de encerrar a México en sí mismo. En lugar de liderazgo diplomático, Calderón ofreció ausencia, mientras el país se incendiaba internamente.
Cuando el gobierno intentó “levantar la cabeza” en los últimos años, lo hizo con activismo tardío y poses fotográficas, como la organización de la COP16 o la presidencia del G20, eventos que sirvieron más para lavar imagen que para construir una política exterior sólida y coherente. Mucho foro internacional, pero pocos resultados estructurales.

En la relación con Estados Unidos, Calderón optó por bajar la voz en migración y subirla en seguridad, aceptando una cooperación inédita que terminó por subordinar la agenda mexicana a los intereses de Washington, especialmente con la Iniciativa Mérida. En América Latina, el gobierno panista intentó recomponer relaciones rotas por Vicente Fox, aunque sin una estrategia regional clara, dejando vínculos desiguales y fragmentados.
En temas como derechos humanos, comercio, migración, diplomacia cultural y cooperación internacional, predominó la continuidad sin ambición, el discurso sin respaldo presupuestal y una institucionalización incompleta. Incluso en áreas donde México tenía prestigio histórico, el país perdió peso y liderazgo.
El balance es contundente: Felipe Calderón no diseñó una política exterior de Estado, sino una diplomacia reactiva, condicionada por el miedo interno y la presión externa. Mucho viaje, muchas cumbres y muchos discursos, pero poca visión y menos resultados.

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