Para nadie es un secreto que los derechos humanos son violados en territorio cubano. Hay torturas contra 780 presos sin cargos ni juicio previo. La mayoría de los reos son acusados de terrorismo, palabra que, de tanto utilizarse en falso, perdió significado.
En ese territorio existe una cárcel, verdadera sucursal del infierno desde 2002, instalada en la base militar que posee Estados Unidos desde 1903, donde se construyó una prisión en la que se violan todos los derechos humanos de los detenidos, con el financiamiento de la Casa Blanca, a través del Departamento de Guerra, antes Departamento de Defensa.
Los reos de la base militar de Guantánamo mueren continuamente; la versión oficial es el suicidio. Le siguen los paros cardíacos y el cáncer.
El 1 de julio de 1904 entró en vigor el acuerdo por el que Cuba arrienda a perpetuidad la base a Estados Unidos. Cuba siempre rechazó el acuerdo por haber sido firmado bajo la amenaza de una invasión.
Esto quiere decir que no hay pueblo de América Latina al que Estados Unidos no le haya robado algo, menos la dignidad. Ahora, ante el delirio de una derecha que quiere adueñarse del mundo, con un líder incontinente y pedófilo, Cuba vuelve a ser el blanco de la codicia de los poderosos.
El gigante vuelve a mostrar miedo de los pequeños, que no por tener menos territorio son menores. No le basta el embargo para fundamentar tanto miedo. Desde el triunfo de la Revolución, el temor a un contagio de rebelión por fin llegó, desgraciadamente, por el único camino del despertar tardío: a punta de golpes y balas a una sociedad desarmada y vulnerable que, a pesar de ello, se subleva ante la represión.
Ahora, consciente Estados Unidos de la fuerza de los cubanos, exige cómplices para no estar solo frente a la isla, aunque haya convivido con el temor de su invasión de ideas, cuyas armas no pertenecen a ningún arsenal militar, desde hace 67 años, pero nunca ha sido derrotada por el monstruo colonial.
La Casa Blanca sabe que en esta ocasión Cuba no puede ser combatida únicamente por Estados Unidos; requiere de la colaboración de otros países y, además, de la OTAN en pleno si es preciso, sin que esto garantice su victoria final.
La represión del gobierno de Trump arroja mayor conciencia en los soldados que luchan por una libertad que no existe, por una democracia que se limita a dos partidos políticos de derecha y a la endeble existencia de derechos humanos, cuyos gobernantes son los primeros en violentar.
Los soldados estadounidenses carecen de convicción y llegan al campo de batalla con la moral en su nivel más bajo. Los soldados estadounidenses, al invadir países de América Latina, cualquiera que este sea, incluyendo México, deberán saber dónde pisan, y no porque sea un campo minado de bombas, sino porque pueden apuntar con su arma a un compañero de escuela, a un familiar o a un amigo.
En cambio, los brigadistas y soldados cubanos están convencidos de caminar con la historia, convencidos de que defender su territorio los convierte en héroes y no en simples números de una serie de tumbas enumeradas, iguales, sin final ni identidad, ni flores, ni nombre.
Hacemos comunicación al servicio de la Nación y si así no lo hiciéramos, que el chat nos lo demande.

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