Tras el secuestro del presidente Nicolás Maduro, el rechazo de la sociedad latinoamericana ha sido prácticamente unánime; sin embargo, como ya es costumbre, el espíritu de Nepomuceno Almonte volvió a poseer a las derechas regionales. Desde la Argentina de Milei y el Chile de Boric (pronto, quizá, de Kast), hasta el México de Sheinbaum, los conservadores vieron con júbilo la invasión y comenzaron a anhelar que ocurriera lo mismo en los países donde no son gobierno.
Quienes celebraban lo hacían bajo el argumento de que, por fin, Venezuela sería “libre”. Cabe entonces preguntar al lector: ¿cuál libertad?, ¿la de ceder el petróleo a Exxon y Chevron?, ¿la de crear una brecha de desigualdad digna de los países del llamado “mundo libre” ?, ¿la libertad de desmontar el Estado social y sustituir derechos por caridad?, ¿la de criminalizar la protesta y llamar “terrorismo” a cualquier forma de organización popular?, ¿o la libertad de convertir a Venezuela en un enclave extractivo administrado desde Washington, donde el voto estorba y el mercado manda?
El intervencionismo de Estados Unidos no es nada nuevo; se trata, en realidad, de un regreso a prácticas del siglo pasado. La intervención en Venezuela para imponer los intereses de Washington, sin importar el derrocamiento de un presidente legítimamente electo, confirma que se han terminado los tiempos en los que la potencia norteamericana ejercía su imperialismo condicionando financiamiento del FMI o apoyos de la USAID a cambio de políticas liberalizadoras. Hoy estamos de vuelta a principios del siglo XX: regresó el garrote de Teddy Roosevelt.
Venezuela fue un parteaguas que hace visible el retorno de aquella visión añeja del mundo: el dominio del más fuerte, las zonas de influencia de una potencia y el derrocamiento de gobiernos democráticos que ponen a sus pueblos por encima del capital estadounidense.
En este nuevo —y a la vez viejo— sistema de dominación ya no hay espacio para gobiernos soberanos. No lo hay para Gustavo Petro ni para Claudia Sheinbaum. Así lo dejó ver el propio presidente estadounidense en sus declaraciones del día posterior a lo ocurrido en Venezuela, cuando refirió que Colombia podría ser el siguiente y que “algo se debe hacer con México”.
No se trata de una pesadilla lejana. Lo cierto es que, en ambos países, ya comienza a posicionarse la misma retórica que precedió a la operación militar, siempre de la mano —por supuesto— de quienes encarnan el espíritu de Nepomuceno Almonte. La llamada “lucha contra el narco” y la denominación de los cárteles como organizaciones terroristas ya forman parte del discurso que Estados Unidos impulsa hacia nuestra región. A ello se suma que, por su carácter de izquierdas, estos gobiernos son etiquetados como “comunistas”, construyendo un marco discursivo que justifica la injerencia y la intervención externa.
Es por ello por lo que debemos cuidar nuestra soberanía, no caer en discursos construidos para legitimar la intervención en nuestros países y comenzar a estar atentos a los siguientes pasos que dará Estados Unidos, tanto en Venezuela como en nuestra región entera. Porque, cuando veas las barbas de tu vecino cortar…
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