El Albacete firmó una noche inolvidable al eliminar al Real Madrid de la Copa del Rey, en un duelo vibrante que deja a Álvaro Arbeloa iniciando su gestión con el pie izquierdo.
El Carlos Belmonte fue escenario de una de esas noches que se cuentan durante décadas. Bajo un ambiente eléctrico y con un Albacete valiente, intenso y convencido, el Real Madrid se despidió de la Copa del Rey tras un final de locura que hizo temblar al gigante blanco.
El Alba entendió el partido desde el primer minuto: presión alta, bandas profundas y cero complejos. El Madrid, espeso y previsible, acumuló posesión sin colmillo. Vinicius intentó encender la chispa, pero el entramado local resistía y el duelo se mantenía equilibrado, casi incómodo para los visitantes.
Al 42′ los locales se fueron arriba en el marcador sorprendiendo a todas las quinielas, solo cuatro minutos más tarde Franco Mastantuono ponía la igualada y hacia respirar a los de Arbeloa.
La primera sacudida del segundo lapso llegó tras un córner mal defendido. El balón quedó vivo, la zaga blanca dudó y Jefté apareció para empujar el sueño manchego. El Belmonte explotó. El Madrid reaccionó tarde, pero lo hizo.
En el tiempo añadido, Gonzalo García, canterano al rescate, se elevó como los viejos ‘nueves’ y de cabeza firmó un empate que parecía salvar a los blancos del desastre.
Fue un espejismo. Apenas dos minutos después, el fútbol se volvió poesía para el Albacete. Otra vez Jefté, esta vez con un remate imposible, parábola perfecta, y la mano blanda de Lunin no alcanzó la esférica, marcando una justicia poética. El estadio se vino abajo. El Madrid, atónito, no tuvo tiempo ni respuestas.
El pitazo final confirmó el sorpresón: el Albacete eliminó al Real Madrid y escribió una de las páginas más gloriosas de su historia. Para Arbeloa, la Copa arrancó con un golpe duro; para el Alba, fue una noche eterna. El Belmonte no lo olvidará.

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