Bombardeos, atentados y viejas disputas fronterizas reactivaron una de las tensiones más delicadas del sur de Asia.
La tensión entre Afganistán y Pakistán volvió a escalar luego de una serie de ataques cruzados en la frontera. Pakistán realizó bombardeos aéreos y ofensivas terrestres contra posiciones talibanes en territorio afgano, tras un atentado previo contra fuerzas paquistaníes. Desde Islamabad calificaron el escenario como una “guerra abierta”, lo que encendió las alarmas en la región.
El principal punto de fricción es la acusación de Pakistán de que el grupo Tehreek-e-Taliban Pakistán (TTP), conocido como los talibanes paquistaníes, opera desde Afganistán y organiza ataques contra su territorio. Kabul rechaza esa versión y, a su vez, acusa a Pakistán de albergar a combatientes del Estado Islámico. En los últimos años, los atentados del TTP han aumentado, profundizando la desconfianza entre ambos gobiernos.
Pero el conflicto no es nuevo. En el trasfondo está la Línea Durand, una frontera de más de 2 mil 600 kilómetros trazada en 1893 durante el dominio británico. Pakistán la reconoce como límite oficial, mientras Afganistán la considera una imposición colonial. Esa diferencia histórica, sumada a la presencia de grupos armados y a una frontera porosa, mantiene la zona como un foco permanente de inestabilidad.
La actual escalada es especialmente delicada porque Pakistán es una potencia nuclear con una fuerza militar muy superior a la afgana. Aunque en el pasado mediaciones internacionales lograron treguas temporales, la combinación de atentados recientes, represalias militares y acusaciones cruzadas vuelve a colocar a ambos países en un escenario de alto riesgo.


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