La doctrina Donroe y el cerco final: la estrategia de Trump para asfixiar a Cuba

Parecía un desafío casi insondable: encontrar la manera de bloquear y afectar a Cuba más de lo que ya estaba después de seis décadas de un cerco implacable. Sin embargo, la administración de Donald Trump ha demostrado que siempre se puede escalar un crimen. Lejos de limitarse a mantener el statu quo de la guerra económica, su gobierno ha diseñado una estrategia de estrangulamiento total, concibiendo a la isla no solo como un objetivo, sino como una pieza clave en un tablero geopolítico mucho más ambicioso: la aplicación de una suerte de “Doctrina Donroe” —una reinterpretación brutal y moderna del viejo lema— con un radio de acción de 5,000 kilómetros. Esta visión, que busca establecer un control hegemónico absoluto sobre el hemisferio occidental, incluye no solo a Cuba, sino también a México y, por supuesto, a Venezuela, la fuente energética que mantenía con vida el espíritu de resistencia caribeño.

El camino hacia esta nueva fase de agresión comenzó mucho antes de los eventos más dramáticos. La administración Trump ya venía aplicando una presión incesante sobre la isla a través de métodos que recuerdan a las más oscuras épocas de la piratería en el Caribe. Buques petroleros con destino a Cuba eran interceptados en alta mar, sus cargas eran bloqueadas y se impedía la libre navegación y el comercio legítimo de la isla con otras naciones. Este acoso naval, un acto de fuerza bruta disfrazado de política exterior, buscaba cortar el sustento energético de la nación, demostrando que no había límite para la coerción.

Pero la verdadera escalada llegó con la intervención directa en Venezuela. El operativo que llevó al secuestro de Nicolás Maduro, al bombardeo de Caracas y a la muerte de cientos de civiles, fue leído en Washington como una victoria que envalentonaba sus ansias de poder. Con Venezuela doblegada y su petróleo bajo control, Trump y su círculo más cercano creyeron haber asestado el golpe mortal a Cuba. El cálculo era simple y perverso: si la única fuente significativa de energía de la isla era Venezuela, y Venezuela ya no podía proveerla, la resistencia cubana colapsaría por inanición económica y energética en cuestión de semanas. Lo que olvidaron en sus cálculos es la historia de un pueblo que ha aprendido a resistir y a reinventarse bajo las condiciones más adversas. Cuba ha soportado un bloqueo que quebraría cualquier otra economía en los primeros tres meses, una resiliencia forjada en la dignidad y la necesidad.

Sin embargo, la lógica del imperio no se detiene ante la resistencia. Cuando el flujo desde Venezuela se interrumpió, la vida en la isla encontró un respiro gracias a la solidaridad, principalmente desde México. Barcos con combustible y suministros lograron burlar el cerco, ofreciendo un salvavidas a la población. Pero la sombra de la Doctrina Donroe se alargó hasta el país azteca. Trump, usando la misma táctica de la amenaza y la coerción, presionó al gobierno mexicano con la imposición de aranceles devastadores si continuaba el envío de petróleo a Cuba. Ante la amenaza de una guerra comercial que México no podía permitirse, el flujo energético oficial tuvo que retroceder. A pesar de todo, y como un gesto de humanidad que desafía la geopolítica, la ayuda humanitaria y algunos envíos esporádicos continúan, demostrando que la solidaridad del pueblo mexicano no se doblega fácilmente ante las presiones imperiales.

Hoy, el estrangulamiento que sufre el pueblo cubano es casi total. La pregunta que flota en el aire es si alguien puede detenerlo. En un mundo bipolarizado, la respuesta lógica apuntaría a Moscú o Pekín. Solo una intervención decidida de estas potencias, ya sea en forma de financiamiento masivo, suministro energético constante o, en un escenario extremo, el establecimiento de una disuasión creíble mediante el envío de misiles hipersónicos apuntando a Miami y Washington, podría cambiar la correlación de fuerzas. Sin embargo, ese escenario parece, por ahora, una quimera. El gran reparto del mundo, los acuerdos tácitos y las líneas rojas no escritas entre las grandes potencias, dejan a Cuba atrapada en lo que Washington considera su patio trasero, su zona de influencia directa e incuestionable.

A pesar de esta realidad geopolítica, la victoria de Trump sobre Cuba es, en esencia, pírrica. El costo de esta victoria no se mide en tanques de petróleo o barriles de combustible, sino en la erosión moral y estratégica de Estados Unidos. El mundo observa, con una mezcla de impotencia e indignación, las atrocidades que se cometen de forma impune contra un pueblo pequeño y bloqueado. Cada barco interceptado, cada sanción impuesta, cada amenaza lanzada, es una factura que se acumula en la conciencia histórica del imperio. Puede que hoy celebren el control y la asfixia, pero esa deuda moral, ese sufrimiento causado, es un pasivo que algún día, de una forma u otra, se pagará muy caro. La resistencia digna de Cuba no es solo un acto de supervivencia, es la prueba viviente de que la factura de la historia siempre termina por llegar.

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