Reacomodos en Morena y el tablero del T-MEC: señales rumbo a 2027

En política, cuando “todo está bien” casi nunca hay cambios abruptos. Por eso, lo ocurrido en los últimos días en la bancada de Morena y el eco que provocó en San Lázaro no debería leerse como anécdota, sino como termómetro: el poder se mueve cuando hay costos internos, cuando hay agenda que empujar… o cuando ya se está mirando la siguiente estación electoral.

Primera señal: la renuncia de Adán Augusto López a la coordinación de Morena en el Senado (anunciada el 1 de febrero de 2026) y el relevo inmediato por Ignacio Mier. El propio Adán Augusto justificó el paso al costado como un cambio de trinchera para concentrarse en tareas políticas y territoriales rumbo a 2027, sin dejar el escaño.

Aquí no solo se reacomoda una silla: se reordena la interlocución, el método y el tono en la Cámara Alta, justo cuando viene un paquete legislativo sensible y, según la presidenta, una reforma electoral en febrero.

Segunda señal: la frase de Ricardo Monreal que, por repetida, no deja de ser potente: “tengo lista mi carta de renuncia”. Lo dijo en estos mismos días, aclarando que nadie se la pidió, pero dejando el mensaje político de fondo: en Morena, el poder no es patrimonio, es encargo… y también es presión.

En traducción simple: nadie se siente intocable, y cuando los vientos cambian, todos quieren aparecer como institucionales, desprendidos y “listos para irse”, antes de que alguien les pida que se vayan.

Tercera señal (la del “run run”): el caso de Andrés Manuel López Beltrán. A diferencia de lo anterior, aquí hasta hoy no hay un anuncio formal, sino versiones periodísticas que apuntan a que “Andy” podría dejar la Secretaría de Organización de Morena, en medio de fricciones internas y cálculo rumbo a 2027.

Pero el dato importante es el contraste: mientras unos medios hablan de salida, otros reportan que su equipo prepara recorridos y tareas de estructura, lo que sugiere que el reacomodo todavía está en disputa.

En política, cuando un rumor crece, lo relevante no es si se confirma mañana, sino qué fuerzas lo empujan y a quién conviene que se instale hoy.

Ahora bien: mientras la casa se ordena por dentro, afuera se está jugando la mesa grande. Y ahí entra Marcelo Ebrard y la revisión del T-MEC.

Conviene precisar: más que “renovación”, lo que viene es la revisión conjunta prevista en el propio tratado. El mecanismo está escrito en el Artículo 34.7 del USMCA/T-MEC: la primera revisión debe ocurrir en el sexto aniversario de entrada en vigor, es decir, 1 de julio de 2026; y si los tres países acuerdan, el tratado se extiende por otro periodo.

Eso significa que no es un capricho, es una cita contractual. Pero también significa que sí puede abrirse la puerta a cambios y a presiones temáticas: reglas de origen, paneles, energía, agro, y muy especialmente lo laboral.

En ese contexto, el dato duro de esta semana es que Estados Unidos y México anunciaron un Plan de Acción bilateral de 60 días sobre minerales críticos, presentado como el primer resultado visible en la antesala de la revisión del T-MEC.

La lectura estratégica es evidente: cadenas de suministro, seguridad económica, competencia global (con China como telón de fondo) y, de paso, nuevas palancas de negociación para la revisión de julio.

Y aquí entra el punto más delicado y más realista para quienes vivimos en el exterior: Washington no “ayuda” por altruismo; empuja por interés propio. Pero si esa presión se traduce en mejores controles, más coordinación, más inversión productiva y más exigencia institucional, México puede convertir una presión externa en un beneficio interno… siempre y cuando haya capacidad de ejecución y no solo discurso.

La presidenta, por su parte, ha insistido en defender soberanía y, al mismo tiempo, sostener cooperación bajo corresponsabilidad (armas, lavado, consumo). Y también ha proyectado un 2026 de impulso económico y buen desempeño en la revisión del T-MEC, acompañándolo con planes de inversión pública y esquemas mixtos.

Así que sí: los cambios internos pueden ser ciclos, pero también pueden ser preparación. Preparación para 2027. Preparación para una reforma electoral. Preparación para una negociación comercial que definirá certidumbre o volatilidad para inversiones, empleo y crecimiento.

Al final, el punto no es si “se tambaleó” el poder: el punto es si el reacomodo será para cerrar filas con resultados o para repartir culpas cuando vengan los costos. Ahí se verá quién está para administrar el movimiento… y quién solo para sobrevivirlo.

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