En distintos momentos de la historia, las sociedades han tenido que aprender a nombrar lo que aún no entendían del todo. Ocurrió con la máquina industrial, con la electricidad, con Internet y con la digitalización de la vida cotidiana. Hoy, ese momento vuelve a presentarse con la inteligencia artificial avanzada y la ruta hacia la Inteligencia Artificial General. No se trata solo de una nueva tecnología, sino de un cambio en la forma en que se organiza la experiencia, se toman decisiones y se produce sentido. Cuando el lenguaje todavía no alcanza, la filosofía vuelve a ser necesaria.
La Inteligencia Artificial General no es una máquina consciente ni un sustituto del pensamiento humano. Es, más bien, un tipo de sistema capaz de desempeñarse de manera general en múltiples ámbitos, aprender de contextos distintos, transferir conocimiento entre tareas y adaptarse sin ser rediseñado para cada función. A diferencia de la inteligencia artificial actual —especializada y limitada— la AGI operaría como una inteligencia de propósito general, capaz de reorganizar problemas y prioridades. Esa generalidad es lo que marca el cambio de modelo tecnológico.
En la vida cotidiana, esta adopción no llegará como un “gran evento”, sino como una acumulación de pequeñas transformaciones. Sistemas que ya no solo recomiendan, sino que anticipan; plataformas que no solo ejecutan órdenes, sino que estructuran opciones; herramientas que no solo asisten, sino que delimitan el marco desde el cual decidimos. La AGI no se impondrá como una figura visible, sino como una infraestructura silenciosa que organiza flujos de información, tiempos, trayectorias y posibilidades.
Este tránsito implica un desplazamiento clave: pasamos de tecnologías entendidas como herramientas a sistemas que ordenan la realidad. Ordenar significa clasificar, jerarquizar y excluir. Cuando un sistema define qué es relevante, qué es probable o qué es óptimo, está configurando el mundo operativo en el que personas e instituciones actúan. No reemplaza la decisión humana, pero condiciona el campo de decisiones posibles. La diferencia es sutil, pero profunda.
Aquí aparece la pregunta por el sentido. Los sistemas de inteligencia artificial trabajan con datos, patrones y correlaciones. Las sociedades, en cambio, viven de significado, contexto y memoria. El dato puede decir qué ocurre; el significado permite entender por qué importa. Cuando el rendimiento técnico se convierte en el criterio dominante, existe el riesgo de confundir eficiencia con comprensión. La filosofía cumple la función de separar esas capas: recordar que no todo lo que funciona explica, y que no todo lo que explica debe automatizarse.
A lo largo de la historia, la filosofía ha sido el espacio donde se elaboraron los conceptos necesarios para entender transformaciones inéditas. Fue así cuando se pensó la noción de trabajo en la era industrial, la idea de sujeto en la modernidad, o la relación entre técnica y poder en el siglo XX. Hoy, vuelve a ser el lugar desde el cual se pueden construir nuevas categorías para comprender sistemas que no piensan, pero organizan; que no juzgan, pero influyen; que no deciden con conciencia, pero producen efectos reales.
Uno de los puntos más delicados es la confusión entre predicción, decisión y juicio. La inteligencia artificial puede predecir comportamientos y ejecutar decisiones operativas con gran eficacia. El juicio, en cambio, implica responsabilidad, interpretación y explicación. Delegar predicción no es lo mismo que delegar juicio. La filosofía permite trazar ese límite y entender por qué hay ámbitos que, aun siendo técnicamente automatizables, no deberían perder su dimensión humana.
La velocidad de adopción de estos sistemas también tiene costos menos visibles. No solo modifica el empleo o los mercados, sino la forma en que comprendemos el mundo. Cuando la realidad se presenta filtrada por modelos técnicos, existe el riesgo de reducirla a lo medible y lo optimizable. La filosofía no se opone a la técnica, pero introduce una pausa reflexiva: pregunta qué dejamos fuera cuando aceptamos ciertos criterios como naturales.
Este cambio de modelo tecnológico es inédito, pero no incomprensible. Como en otros momentos históricos, estamos en una etapa previa a la estabilización conceptual. Todavía estamos descubriendo las palabras con las que nombraremos esta nueva relación entre humanos, sistemas y sentido. La formación filosófica ofrece algo fundamental en este tránsito: la capacidad de pensar antes de naturalizar, de entender antes de delegar, de decidir antes de acostumbrarnos.
La inteligencia artificial general no solo acelera procesos: reconfigura el sentido desde el cual se toman decisiones. El desafío no es detener su avance, sino comprender cómo se integra a la vida cotidiana y qué tipo de mundo contribuye a construir. Si ese proceso ocurre sin reflexión, la eficiencia ocupará el lugar del juicio y la técnica el del sentido. El tiempo para pensar ese marco no es posterior a la adopción: es ahora, mientras aún estamos a tiempo de darle nombre y dirección al mundo que empieza a emerger.
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